COLEGIO PRESIDENTE KENNEDY: TREINTA AÑOS DE UN LLAMADO A LA DOCENCIA

Ana María explicaba al  estudiantado del Octavo “B”
la expresión Of Course con mucho ahínco y nada;
 no comprendían.
De repente,
con los ojos desorbitados por una lucecita,
Grevith Fuentes le dice apuntándola con el dedo:
“Ya sé Ana. Ya sé. Significa De Bolas.” 

En una relevante actividad educativa que entonces iniciaba, se conjugaban el impulso de un prescolar comunitario que echábamos a andar en el Barrio Niño Jesús en Catia (y que luego formó parte del programa educativo municipal UNAMPRE), con mi participación en la Cooperativa Educativa COOPSEM de la parroquia Antímano, que a su vez me dio posibilidad de participar como co-facilitador del Taller de Literatura de Carapita (luego bautizado como Movimiento Artístico La Esquina del Callejón) y que abrió la puerta a mi inclusión como participante del Centro de Experimentación para el Aprendizaje Permanente CEPAP de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez UNESR. Entreayudando en todas estas experiencias recibí la llamada telefónica de un Colegio del Barrio Bolívar de Petare que marcó mi vida docente. Fue la pesquisa de un trayecto signado por la militancia política que enlazó la necesidad de un profesor para atender a los alumnos y alumnas de octavo y noveno grados de aquella experiencia educativa formal, con alguien a quien la educación había perseguido y signado en los juegos de la infancia, en las primeras colaboraciones habidas en el barrio cuando era adolescente de liceo, hasta en la misma educación musical que tuvo paso breve.

Con asombro, horror y arrechera aún húmedos en el alma producto de la masacre habida el 27 de febrero de ese año, atendí las indicaciones de la ruta orientada que, como pueblo, no me eran nada extrañas: una bajada pronunciada con el frío de la madrugada, el bendito (por siempre) trayecto del Metro Carapita-Petare, la llegada a la parada del Yí -donde no había cola, porque íbamos en contrasentido de la hora pico- hasta llegar a Barrio Bolívar y franquear la entrada al Colegio. Un corazón y varias avecillas dibujados en una valla de metal llamaron mi atención. Miré gustoso y asustado el muchacherío que llenaba el patio donde se hacían los actos cívicos y los recesos. Allí se levantaba una bonita estructura con planta baja y dos pisos de largos pasillos adornados con porrones de plantas ornamentales; los quicios de las puertas me miraron con la misma curiosidad de quienes corrían o hablaban o reían o comían eso que llamamos merienda. Merodeaban como enanitos, niños y niñas de franelas rojas toreados por mujeres jóvenes que sospeché maestras. Se atrevían a correr largo los de franela blanca quienes ya reflejaban el julepe en las mejillas rojas y sudadas. Mas sosegados iban de rincón en rincón, a medio sonreír, ésos y ésas que portaban la franela azul lanzándome miradas de soslayo como dardos cariñosos a mi nerviosismo.

Me recibió una mujer de sonrisa amplia, cabello rubio corto, tan alta, fornida y esbelta que le imaginé varias medallas olímpicas colgadas en la blusa del mono. Por semanas creí que era la profesora de Educación Física, aunque en realidad me dijo que impartía nada más y nada menos que la materia de Física a los de noveno grado. “¿Qué te parece nuestra escuela?”, “Es grande y bonita”, “¿Tuviste dificultades para llegar?”, “Ninguna. Este barrio se parece al de Carapita donde vivo y al de Catia donde pasé mi juventud”, “¡Qué bueno!”. Era como una muchacha grande que me llenó de ánimo con palabras  firmes y dulces; abrió una puerta de madera marrón: “El director te espera”. Jamás vi a alguien más parecido a un profesor; esto me dio la seguridad que me faltaba. Jamás sentí que una seriedad tan formal escondiera la sonrisa sincera que se fue abriendo hasta el final de la entrevista, más parecida a una conversación. Se trataba del clásico flaco adulto, de ésos que imaginamos jugadores de básquet cuando joven, camisa manga corta debido tal vez al calor de Petare, iniciado levemente en la calvicie y dueño firme de sus palabras educativas. Me narró parte de la historia del Colegio asistido por la precisión y la brevedad. Escuché de su voz la frase “Proyecto Educativo” con tanta seguridad que luego supe la envergadura que tenía y significaba para aquella experiencia y para el estuudiantado. A decir verdad recuerdo poco de lo que dije. De las experiencias que traía bosquejadas en las evidencias de la síntesis curricular solté fragmentos inconexos, muy acordes con la militancia política, eso sí: creo haber destilado sinceridad y afecto. El profesor hojeó las evidencias en la carpeta: “Nosotros te llamaremos. Ten la seguridad”.

Sustituí al profesor de Lenguaje y Literatura quien era un destacado actor de Teatro. Al no poner objeciones al horario, supe que iría tres días a la semana y me inicié con el grado bandera: noveno “A”. Treintitantos escuchadores natos. Curiosos y conversadores. Comprensivos con mis novatadas y nerviosismos. Asombrados por mi empatía y desprendimiento, dijeron sentirse a gusto con mis palabras; la mayoría traía buen promedio de calificaciones. El segundo día estuve con la prueba de fuego: los cuarenticuatro del Octavo “B”. Todo lo contrario. Mi presencia no bajó la estruendosa bulla que tenían cuando entré al salón detras de la fila: habían regresado del receso. En muy mala hora se me ocurrió decir en voz alta: “¡Silencio!” porque de inmediato respondieron en coro terrible: “¡Petare!”. Nunca más repetí esa ignominiosa palabra en mi vida. Fueron los noventa minutos más largos en la historia de mi actividad educativa, de una clase que borró todo lo que planifiqué el día anterior, con idas y venidas, escrituras y borradas en la pizarra, preguntas mutuas: “¿Y ahora qué hago?”. Recuerdo haber pasado la lista; un comentario que hice acerca de los sucesos del 27-F que los petrificó por diez minutos; el aviso de una alumna de que habíamos llegado al minuto noventa; mi paso tortuoso por el pasillito lateral del escritorio a la puerta, donde un estudiante me dijo con sorna: “Tranquilo profesor que esto apenas comienza”.

Huí del Colegio como un penitente. Deseando ser invisible trepé al yí con la torpeza de un mastodonte. De nuevo a contratiempo con la hora pico rodé en solitario viendo desde la parte trasera del yí el infinito caserío colgando del cerro de La Bombilla. El chofer se dio cuenta de mi presencia sólo cuando me bajé en Petare. Al sentarme en el vagón del Metro rumbo a Carapita aún llevaba aquella bulla; todavía me asaltaban aquellos rostros de primera juventud, ansiosos, ávidos de vivir, con la inconformidad propia de quienes no habían labrado aún la ruda roca de la experiencia en su espíritu: exigiendo a gritos responsabilidad. Mi tendencia al noctambulismo se acrecentó cuando estuve frente a mil dificultades levantadas como un muro inexpugnable, invisible, también inexistente: “Salir de madrugada es peligroso”, “El trayecto es muy largo”, “No tengo dominio de grupo”, “Salgo con dolor de cabeza”, “Nadie me ayuda”, “No estoy para lidiar con muchachos”. Pasaron por mi mente las horas como educador informal. De cuando mostré cómo leer la hora en el reloj de agujas a Eduardo Colmenares en una explicación de tres minutos: “Sólo tú pudiste abrirle la cabeza” –gritó su hermano Alberto mirando el béisbol por televisión. Del método que inventé para leer el pentagrama en el grupo que formamos en la Escuela de Música José Lorenzo Llamozas. Hasta de yisero de ruta troncal me correspondió dictar alguna que otra clasecita a mis colegas. Aquellos panas con fama de toscos, bebedores de caña, mujeriegos, (los recuerdo con mucho afecto) apostaban a que yo debía ser profesor, en vez de estar detrás de un volante subiendo y bajando cerros.

El corazón de una escuela es su alumnado, el cerebro son sus maestros y maestras y su palpitar es el Consejo Docente. Es el espacio supremo donde se dialoga y planifica la educación. Allí se discute, se atiza la hermenéutica de los sueños, se hornea la praxis del acto educativo con suculencia, se hace filosofía y sobre todo se dialogan las maravillas y los problemas. En este espacio pasé mi primer susto educativo y también fue la trinchera donde me enamoré de la educación. En mi primer Consejo participé de la preocupación centrada en el Lenguaje. La estupenda, aunque severa discusión, me hacía sentir como el responsable de todos los males del aprendizaje del Lenguaje en ese Colegio y yo empequeñecía ante la responsabilidad exigida, hasta que tomó la palabra el sabio Armando Zambrano. Sin exonerarme de responsabilidad con mi materia, quien era el Coordinador Educativo además de profesor de Lenguaje de los séptimos grados, elaboró una disertación acerca de cómo se debía colectivizar la responsabilidad del aprendizaje del lenguaje en cada una de las asignaturas de los tres grados que se atendían en el bachillerato. No se debía fragmentar el esfuerzo, más bien integrarlo a todo el trabajo docente. En posteriores experiencias influí en que los Consejos Docentes tuvieran el aroma de aquellos donde se respetaba al estudiantado sin perder la preocupación, la responsabilidad y mucho menos la sabiduría con Armando como guía.

Sería injusto nombrar sólo unos cuantos de los estupendos proyectos educativos que vi realizados entre mis colegas, aunque es justicia referir el Congresillo Educativo que a final del año escolar se realizaba para exponer los logros en el aula y afuera. Tuve el privilegio de coordinar el V Congresillo que además de la responsabilidad compartida me llenó de satisfacción por el aprendizaje obtenido. Aprendí a amar la docencia que es el tesoro más preciado que podemos obtener de la experiencia educativa. Amar el acto de compartir la experiencia de aprendizaje en el aula con la dignidad de la educación venezolana, poseedora de un legado imperecedero y grandioso, significa aproximarnos a la conciencia con que el maestro Simón Rodríguez signó sus sabias andanzas. No sin dolor y satisfacciones inmensas me zafé de esta maravillosa experiencia luego de cinco años para transitar otros derroteros. Esos treinta años hacen perenne la voz de mi Mamá, una semana después de la entrevista con el Director: “Te llamaron del Colegio Kennedy para que te presentes el lunes”. Volví al día siguiente de la salida nerviosa del salón del Octavo “B”, convencido de que la educación era mi destino.


Fuente:http://laguaridadeldruida.blogspot.com/2019/12/colegio-presidente-kennedy-treinta-anos.html

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