Crónicas de guerrillas

JUEGOS DE GUERRA 
#LaVozDeGuaicaipuro
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Rafael Pompilio Santeliz.


Eran unos chavalos y ya andaban enguerrillados. No supieron de fiestas ni de transiciones de adolescencia. De un brinco fueron todos unos hombres, siendo unos niños. Las travesuras de estos párvulos bien pudieran contarse hoy.

Ñangaras televidentes.

Ahítos de series de espías se metieron a ñangaras en la guerrilla urbana.
La primera orden fue conseguir armas. Quitárselas al enemigo, era la vía.
Vigilaron la rutina de un viejo paco. En la parada de bus, muy temprano, se le situaron ambos a cada lado. Al primer descuido le propinaron su garrotazo respectivo en la cabeza. Sangrante el paco no atinaba a comprender. Y le dieron otro lamparazo y el bendito gendarme no caía. Al ver que se mantenía de pie el compa lo agarro por los brazos mientras su carnal le  daba el tercer tatequieto, a la vez que le desenvainaba el revolver. El pobre viejo lleno de sangre pedía auxilio. 
¡Ayayai! ¡Estos diablos me van a matar! Gritaba. 
Ya con el yerro en mano se perdieron por los callejones. 
La conmoción en el barrio fue alarmante, pues el policía era gente querida.
Al momento del balance, ante el responsable que pedía explicaciones, se la dieron:
Es que nosotros vemos en las películas que con un golpecito en la cabeza caen largo a largo.
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Mingo en vengador.

Mingo era tan alegre que llegaba a las fiestas del barrio a bailar salsa sin ningún complejo de culpa cuando venía de ajusticiar a un torturador. Celebraba danzando su ceremonia de guerra. 
Una vez en su oficio de vengador contó que le había montado cacería a un esbirro. Lo esperó en la mañana, cuando iba a llevar a su  hijo al colegio. Cuando fue a dispararle el desalmado alzó a su hijo como escudo. No imaginó tal cobardía y tuvo que pegar un carrerón y huir del sitio sin lograr su objetivo. 
Cada acción era para él un juego de vida o muerte. Al final, cuando se salvaba, reía y meaba. Drenaba el miedo, que no se permitía, orinando y riendo. 
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El negro Teodoro

Uno de ellos, el negro Teodoro, era el más comedido de los cimarrones. Cuando armaban las tomas de barrios o de caseríos siempre pedía que lo pusieran de centinela, porque “y que era el más alto y podía ver al enemigo desde lejos”. Se descubrió su poquedad cuando esperando el tiempo para una acción dijo muy asombrado que sentía una vaina rara y fea en el estómago. Ahí fue donde el responsable lo puso en evidencia y le dijo muy seco y lacónico: 
-“Eso es miedo, compañero”.
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Pedrito, el malo

Una vez desde la montaña vieron al ejército que venía a lo lejos. Chiquitico se veía el convoy avanzar en el serpentear. Pero Pedrito el malo, murmuraba muy nervioso a su compinche, en el oído, mientras se escondían agachados: 
-“No los miréis, no los miréis”.
Como si, no más por la vista, los soldados podían descubrirlos, aún en lejanía, entre el puntico donde se veía el convoy y los altos cerros del verde monte donde estaban agazapados.
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Guillermo de la tranquilidad.

En una oportunidad tocó poner calembas o bombas sonoras con propaganda en la ciudad. A “Guillermo de la tranquilidad” se le había aleccionado que el dispositivo de retardo duraba 15 minutos, suficientes para alejarse. Sin embargo, posiblemente para acordarse de cuando lanzaba taquitraquis en navidad, se quedó en el sitio para mirar la explosión, violando elementales medidas de seguridad. 
Menos mal que lo hizo. Justo a los 5 minutos se sentó al lado de la bomba un niñito a comer helado. Guillermo desesperado por salvarlo le lanzaba piedras al tiempo que le gritaba: 
-¡Muchacho! ¡Quítate de ahí! A lo que el despreocupado infante le contestaba con rabia: 
-“Otra vaina más, la calle es libre”.
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Alberto El sin camisa

Alberto, El sin camisa, siempre le pedía a su familia que le mandaran chicles Adams. 
Ante la curiosidad colectiva, con la infaltable acusación de desviación pitiyanki, confesó que a él le gustaba mucho el agua fría y con el chicle de menta así la sentía cuando tomaba el líquido de su cantimplora caliente.
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El Zorro dulcero

Cheo, alias El Zorro, era un rapazuelo goloso y mañoso que en la noche robaba las raciones de dulces de la despensa guerrillera. Se le había aleccionado varias veces y con autocríticas insinceras siempre prometía no volver hacerlo. 
Una vez llegaron varias cajas de leche condensada y varios frascos de dulces caseros que mandaron familiares. 
En la tardecita, entrada la noche, antes que el ratero reincidiera en sus incursiones a la cocina sagrada y colectiva,  el Comandante llegó con una bandeja full, con todas las golosinas. Y le dijo: 
-“Cheo, antes que las robe, los combatientes le regalan todos estos manjares para usted solo”.
Fue tan grande la pena del Zorro que al otro día desertó. Los glotones también tienen su dignidad.
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Chiquitin.

Emilio era un gordito que apodaban “Chiquitin”. En una expropiación, impostando la voz que a su edad no tenía, ronco y en tono de mando, gritó el ¡Quieto! en el atraco bancario. 
El policía quizás por la edad del muchacho hizo caso omiso e intentó sacar el arma pese a estar apuntado. Entonces Emilio, que cargaba un Mauser más grande que él, le arrancó el brazo de un tiro al gendarme. Luego, sin inmutarse, cargó con el botín para el partido.
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El sargento Ricardo

Ricardo, joven duro y presto, con cursos en el exterior, se había ganado el rango de sargento. Ese día, con todos sus pertrechos, formo filas con el personal momentos antes de entrar en combate. 
Casi siempre, antes de la lid, el Comandante enchufaba ánimos con aleccionadores y alegóricos discursos. Luego, remataba diciendo ante los briosos combatientes: 
-“El que no se sienta capaz de dar la vida por la patria, que dé un paso adelante”. 
Todos miraron al frente con sus pechos henchidos, excepto Ricardo que esta vez tuvo la cobardía valiente, ante la atónica tropa, de dar un paso adelante. 
Casi llorando pidió en ese instante la baja, prometiendo que se iba a perder y nunca iba a delatar. 
Entonces ante la palabra empeñada del oficial en su discurso, se le dio la baja. Y de verdad que nadie supo nunca más del sargento Ricardo. Se lo tragó la tierra. 
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Tibaldo, el Pataruco

Pero el más infantil y fantasioso era Tibaldo, el pataruco. La comandancia siempre le reclamaba que no estuviera quebrando ramas y pellizcando la maleza porque dejaba rastros al enemigo. Pero las órdenes no eran de su tamaño. Un día lo cazaron mordisqueando hojitas de diferentes plantas según iba avanzando. 
Increpado al fin confesó: 
 Compas, ¿qué saben Uds., si una de esas hojas me da poderes como a Superman y nos economizamos esta guerra rapidito con esos super recursos?

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