Botánica del asfalto

Rúkleman Soto Sánchez

1
Si a cada pueblo le toca un poeta de la calle, Los Teques fue obsequiado con tres al mismo tiempo: Jaime Betancourt, Franklin Trómpiz y Héctor Enrique Díaz. La errancia poética entrecruzó sus caminos vitales en estas montañas guaicaipureñas.
En la poesía de Jaime Betancourt (Los Teques, 25 de febrero de 1951 – Caracas, octubre de 2018) se mantiene una fulminante llama surreal y simbólica que se dispara del caos mundano hacia la infinitud de los astros. Publicó ERRANCIA DE LOS LIMBOS. PROSA FRACTURA (1988 y 2004) y COSMOS (2006). La revista La Quijotada fue su aventura editorial.
En Franklin Trómpiz (Los Teques, 25 de octubre de 1953 - Los Teques, 22 de julio de 2017) destella la universalización del paisaje y lo raigal más que en ningún otro. Autor de al menos cinco títulos, sus últimos poemarios fueron LAS NEBLINAS MÁS ALTAS (1992) y LOS RIGORES DEL DESAMPARO (2014). Editó la revista Renacimiento y escribió numerosos artículos de prensa sobre arte y literatura.
Enrique Díaz (Valle de la Pascua, 23 de mayo de 1954) es la pura y dolida existencia. Poeta prolífico, fue autor de numerosos manuscritos, algunos de los cuales se han perdido. Publicó FUEGOS AL BORDE DE MI HERIDA (Ateneo de Los Teques 1989). Se ha logrado recuperar y sistematizar una decena de sus trabajos escritos en cuadernos, fichas y hojas sueltas.
2
OSCURIDAD Y MUCHEDUMBRE
Es conocida la frase de Holderlin: “Poéticamente habita el hombre”. De ese verso se agarra Heidegger para indagar si es posible habitar y poetizar. Franklin, Jaime y Enrique vivieron poéticamente, su hábitat fue la calle y en ella albergaron su palabra trashumante.
¿Significa esto que hace falta ser callejero para vivir poéticamente? ¡NO! Lo que sí significa es que ellos vivieron la calle en el resplandor incesante de la poesía.
¿Significa entonces que ellos eran unos poetas callejeros, o callejeadores, que es distinto?
Yo no soy un callejero, soy un callejeador, advertía Charles Baudelaire cuando exploraba la nocturnidad parisiense mientras abría la modernidad poética. Dice Walter Benjamin que en Baudelaire se entrelazan la mujer, la muerte y París: “Allí la ciudad es a veces paisaje, a veces habitación” donde el “flâneur” (paseante, trotacalles; “flânerie”: callejeo, vagabundeo) como un expedicionario de la urbe, “va tomando muestras botánicas por el asfalto”.
Tanto en el hábitat como en los paisajes poéticos de Enrique, Jaime y Franklin, resplandecen entre otros temas la mujer, el destierro, la ciudad y la muerte (como orfandad, como intemperie, se ha dicho ya). Pero esa orfandad más que sufrida es vivenciada por nuestros tres poetas, a la manera de aquel flâneur baudeleriano que arranca esquejes al pavimento.
No falto de intemperie, soledad y sufrimiento se está en ese exilio, pero también se encuentra allí un universo de revelaciones, lleno de oscuridad y muchedumbre. Benjamin nos recuerda que “La muchedumbre no es solo el más novedoso asilo del paria; es también el más novedoso estupefaciente del abandonado. El flâneur es un abandonado en la multitud”. Ese flâneur marcha junto a seres épicos en un abismo poetizable: “un territorio que, en ciertos lugares escondidos, conduce a los bajos fondos; un territorio de lugares insospechados del que surgen los sueños”.
Más de un siglo después y tan lejos como puede estar París de nuestro agobiante Sur global, el flâneur también se transformaría hasta fundirse con los parias, los desheredados de la Tierra, disuelto en la inexistencia, el “no ser” que Frantz Fanon describió con crudeza. Por eso el último viaje del flâneur, necesariamente es la muerte, como afirma Benjamin.
3
ERGUIDOS HASTA LA EXTINCIÓN
Atender el llamado de la intemperie implica un acto de renuncia, un lúcido desvanecerse, un avanzar hacia la extinción con la palabra erguida. Franklin, Jaime y Enrique vivieron en la poeticidad que alguna vez anhelamos o que quizás ocupamos por instantes. Eso significa que ellos renunciaron poéticamente por nosotros, una vez que perdimos o eludimos esa posibilidad heroica.
A esas tres poéticas que arrancaban pétalos por las aceras en el esplendor nómada de sus creadores, les tocó quizás ir más allá del callejeador baudeleriano. Nuestros poetas marcharon al unísono de las comparsas y procesiones invisibles de los seres desechados por el aparato de producción. Toda producción es destrucción, advierte Marx. Los poetas han podido fundirse con intrepidez suicida en la aniquilación infecta de los desahuciados, vociferando en sombría y desafiante excomunión: ¡NUESTRA POESÍA ES CALLEJERA… Y QUÉ!
****
JAIME BETANCOURT
(Dos poemas de Errancia de los limbos)

Canten conmigo,
fanfarrones,
pero no olviden
este final sobrevendrá:
Hice de mi sangre un botiquín
y obtuve el premio
al griterío de mis infundios.

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Una ciudad grande
de polvo y albor
inventándole pobres al agua
he quedado aprisionado
por el llanto suelto
debajo de las tejas
solares

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FRANKLIN TRÓMPIZ
(Dos poemas de Los rigores del desamparo)

Yo me gano
la locha
en la partida
truco, ajiley
animalitos
Yo me estiro
y sucumbo
en las cantinas

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Deambulamos
a veces
con el cojo
con la sarna
con garra
deambulamos
deambulamos
a veces
con birunga
ebrios
furiosos
hartos
deambulamos

****

HECTOR ENRIQUE DÍAZ
SPLEEN

Nada más dulce que la flauta en el verso
tejiendo en su podrida araña
las frases alucinantes,
ni nada mejor que las calles vacilantes
hediondas a alcohol el mediodía;
por eso los paseantes embriagados
resultan ser aritméticos pues, es la suma
de las manos regordetas
frunciendo un talle delgado como espiga
y entre olores nauseabundos una niña
arrastra a su padrastro como un fardo
y sobre su pubis deshojado una mancha roja.
Entonces es loca la ciudad desnuda
y yo poeta en este absurdo espectáculo
exprimo la Belleza que encantada
toca con su larga falange mis oídos
y me hace oír su angélica letanía
oh alada y misteriosa música
en los pliegues de la musa se desflora
el rictus amargo: mi inocencia,
que entre rubias amapolas ya parece
una gigantesca rosa de ensordecedor lamento

***

ELEGÍA

A tibi y a Jimi
Hendrix Purple Haze

Es cierto que se van los hombres
a algún remoto e invisible recodo
en un camino de espadas o de plumas
recorren martirizados los ya muertos.
En las basuras y entre ratas
las calles poseen su sentido
su calor esconden las aceras
y la bandera de los droogos alzadas
en el descanso de un pabellón totalitario
oh! tu lector que oyes, ¡es tan cierto!
Se van los hombres de esta cárcel
hacia la infinita eternidad y se van
libres como el ave.
Un fuego apagado velozmente
entre laberínticos espejos
eso soy yo en esta tierra.
Evaporando en versos la tinta
que es sangre convertida en verbo
y vuela el ave en su piano congelado
para vuelta a caer en el espacio
Asi somos los hombres oh amada mía.


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