CUARENTA POR CUARENTA

CUARENTA POR CUARENTA

Rúkleman Soto Sánchez (07/06/2020).

Nada será igual a aquella “vieja anormalidad” en la que nadábamos de gratis en gasolina. Con el reinicio de la distribución de combustible esta semana, como ensayo temporal, se pone a prueba nuestra arraigada “cultura del petróleo”. Tenemos asignada una ración mensual de 120 litros a precio preferencial y un día a la semana para surtir.

Lo dicho por el gobierno luce bastante claro. Al aproximarse el turno para los vehículos con placas que terminan en cero y nueve voy entrando en materia. Previendo que la espera podría extremarse hasta unas 12 horas, hago preparativos desde el jueves para una jornada más o menos prolongada el día viernes: par de libros, unos panes e hidratación. En Los Teques hay cinco estaciones de servicio sin contar las de la periferia. La opción más convincente es la de la bomba de la avenida Independencia, ubicada a escasos metros de la redoma. La cola se ve relativamente corta. Se me ocurre que habría como 250 carros antes del mío en el segmento de la carretera Panamericana.

Llegué antes de las 3:00 a.m. y quedé a unos 800 metros de mi destino, A esa hora de espantos y aparecidos la noche era bastante apacible. Eché un camarón. Antes de las 7:00 de la mañana comenzó el movimiento. A mediodía la pepa de sol calcinante no hacía mella en mi espíritu pletórico de entusiasmo, estaba a escasos 50 carros de la bomba. De pronto se trancó el serrucho.

Pasaron una, dos y tres horas. Vi transitar carros empujados, carros jalados con mecates, carros con envases arriba del techo y una manguerita entrando al motor como frasco de suero endovenoso. Máquinas hambrientas saliendo de sus madrigueras. Pasaron enjambres de motorizados. Pasaron a pie tropeles de rostros enmascarados. Y la fila de carritos ahí, impertérrita, con su esperanzado acceso al combustible a pocos metros, como un inmóvil gusano de hojalata muerto de sed sobre el asfalto.  Al otro extremo de la redoma, en dirección hacia los valles de Aragua, otra cola hacía la misma siesta desde el día anterior. Había carros detenidos ahí desde el jueves, esperando equipar en la bomba de La Mata. Llega la noche una vez más. Dos filas de carros apagados duermen su sueño mecánico en la nueva normalidad controlada bajo el esquema siete días de flexibilización por siete de cuarentena en un país que ha logrado controlar la pandemia a pesar del bloqueo económico que padecemos.

24 HORAS MÁS TARDE…

Llega la hora en que Pedro reniega tres veces, el gallo canta dos veces y yo, en la penumbra, observo los cuatro ángulos alrededor de la redoma. ¿Cuánto tiempo tendría sin pararme de madrugada en una acera solitaria de este lado de la ciudad? veinte o tal vez treinta años, pensé, mientras demoraba en la mano un frasquito de cocuy. La luna llena era un bombillote cósmico iluminando la cumbre del barrio La Matica. Abajo un fuego fatuo congelado en la oscuridad relucía en el techo azul de una cadena de farmacias que transformó el entorno. El cuarto ángulo de la redoma se resiste a cambiar, es el patio de la escuela Manuel Clemente Urbaneja, donde estudiaron mis hijos mayores.

El acceso principal a Los Teques ha cambiado. Las puertas de la ciudad estuvieron blasonadas en los años 70 y 80 del siglo XX por sendos concesionarios de vehículos ubicados a los lados de la entrada, con su estructura de conchas gigantes ostentando relucientes perlas automotores en su interior. Cualquiera diría entonces que estaba entrando a un pequeño Detroit altomirandino de General Motors, Chrysler y Ford, sin sospechar que el nuestro “Era un mundo de rieles”. Todavía perseveramos en esa nostalgia descrita por Carmen Mannarino. Seguimos siendo un soterrado mundo de rieles, ahora la estación Independencia del Metro ocupa el lugar de una de las dos concesionarias. Al otro lado hay una venta de legumbres algo desordenada, otra insistente vocación local. Después están las ruinas de lo que fue Materiales Cristófori, la ferretería que dotó a los hogares de Los Teques en aquellos tiempos hoy es solo un pobre fantasma asustado. Hacia el centro, aún le decimos “la Singer” a la parada donde desemboca la calle Boyacá en la avenida Independencia, allí vendían máquinas de coser hace 50 años. Y más allá el rastro dejado por la vieja Estación del Gran Ferrocarril de Venezuela, que aún nos transporta hacia el pasado.

La competencia de carros paralíticos se prolongó hasta las 10 de la mañana del día siguiente. A esa hora cobró vida la fila de la bomba La Mata, tras dos días de inmovilidad. A las 3:00 de la tarde la cola había desaparecido. En toda la ciudad se había cumplido el cronograma de distribución de combustible, solo quedábamos los parias de la redoma, unos 50 vehículos que permanecimos ahí hasta ese sábado, aunque ya le tocaba a las placas que terminaban en 1 y 2. Habíamos quemado las naves y alguien tuvo la fantasía de hacer lo mismo con la estación de servicio si no nos surtían, pero el comportamiento fue ejemplar. Detrás de nosotros esperaban los que les tocaba ese día. La hora límite se acercaba. A las cinco de la tarde ya no tendría sentido permanecer allí, tampoco irse ¿a dónde ir con la última gota de gasolina en el tanque?

La monotonía reinante fue rota por la cisterna que llegó a las 4:45 de la tarde. De pronto la estación de servicio se convirtió en el lugar más vigilado por policías municipales, estadales y nacionales. Brotaron motos y carros como moscas arremolinadas sobre el melifluo hidrocarburo. Una resplandeciente camionetota, último modelo, con vidrios oscuros, apareció para colocarse de primerita frente al portón inexpugnable. Señal de que todo se normalizaba. ¡Abracadabra! Se abrieron las puertas como en los actos inaugurales de obras trascendentes para el municipio. El protocolo de rigor duró cerca de 60 minutos entre la descarga de la gandola y la desaparición de la camionetota. Ya podíamos comenzar a cargar combustible iraní. A las 6:30 P.M. del sábado, 40 horas después de iniciada mi espera, yo estaba saliendo con 40 litros de gasolina de la estación de servicio Independencia. 

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