UN VIAJE AL AÑO NUEVO

La Historia es la oportunidad de los espantos.
MIGUEL DE UNAMUNO

Entre los luchadores la cultura echa sus raíces.
DOMINGO ALBERTO RANGEL BOURGOIN

Este viaje durará más que mi vida. Por eso lo emprendo.
MANUEL SCORZA

-“Ésa muchacha era la Mamá de ustedes”.

Oír la voz de Papá, en la medida en que voy manejando con la tranquilidad que brinda un recorrido en automóvil muy parecido al de esas cuñas navideñas de televisión que llegaron a ser mis favoritas porque mostraban en una autopista a un hombre sonriente de lentes oscuros al volante de un prototipo japonés último modelo, con una mujer sonriente de rostro pensativo a su lado que parece mirar sólo la opulencia esperada al final de la autopista, tiene en mi vida sabor de partida y no aroma de regreso. A Papá y a su historia íntima nunca regresé porque jamás estuve allí. He tenido la sensación de haber salido, de haber partido, nunca de haber regresado a ninguna parte de las incidencias que lo han rodeado, las cuales he visto muy de lejos. Mis arribos tienen esa nostalgia de haber dejado algo en algún sitio qué buscar, algo sin hacer. Es una sensación parecida a andar huyendo; a ser perseguido por huellas que dejé regadas en lugares ignotos; a ser reo de imágenes, no terminadas de borrar (de esconder) porque son como manchones del alma que cada tanto se nos reflejan en los ojos. Cumplí el sueño de haber salido del barrio donde me crie, para caer directamente en la cuña de la televisión que ahora disfruto en la realidad, aunque siempre saliendo por una puerta que no da a ninguna parte.

Ahora salgo de mi mundo profesional amañado a la rutina de tener una agenda y saber todo lo que voy a hacer desde la mañana a la tarde los trecientos sesenta y cinco días del año. Como si tuviese mi vida (no asegurada sino…) cuadriculada a los agujeritos de una tarjeta del antiguo kardex que hoy dirige la banca en forma de multimillonésimos bytes, salgo de mi querida Texas, mi estado bendito, mi patria desde que dejé a este país enloquecido por la política, para entrar de nuevo en él como un desconocido, un descubridor, casi un turista y recordar, sólo para recordar, y vaya con el recuerdo que es una plaga, una especie de pegoste que nace con uno y por más que queramos arrancarlo de cuajo, se empeña en estar ahí, enterrado en cables y bulbos cibernéticos productores de virus infinito en el cerebro; ni con ácido, ni con una explosión de plutonio sale esa cadena de sucesos que nos han pasado y es imposible quemarlos en las hogueras del olvido. Uno cree que esas llamas lo han consumido todo pero es imposible; el tiempo, ese cómplice de la memoria, no sólo los resucita, les da fuerza, imagen, sustancia, personalidad, los echa a volar como el ave mitológica referida siempre en libros y películas como lo eterno. Con esos recuerdos, la posteridad nos abofetea cuando nos encuentra (nos agarra en la bajadita) porque nos pertenecen, los produjimos y no marcharán de uno jamás; a veces nos dormimos en el aquí gustoso, plácido, morboso: -nido majestuoso de la costumbre, hasta que viene la cachetada de la memoria y nos despierta para decirnos de dónde somos.

Mis conocimientos de algebra y sus funciones me hicieron saber el por qué este barrio sigue siendo igual. No necesité de la sociología para encontrar verdades ocultas en las cornisas de la existencia o en las bóvedas de los andares. Las probabilidades, las lógicas numéricas, una vez entran y las aprendemos, se prendan de la cotidianidad y se explayan en todo lo que pensamos para explicar el eterno retorno, lo que vuelve una vez se ha ido, lo que está signado para no irse, para quedarse, a veces sin que nos demos cuenta. Sé que esto me persigue. Despierto, me levanto, hago mis ejercicios y respiro aquel aire del Norte que me he ganado en buena lid y entonces quiero suponer que es el aire originario; imagino que se trata del sopor que me trajo al nacer con la placenta de mi madre, aunque evocado en realidad se trate del iniciático que jamás se nos olvida, como ese viejo malencarado de sombrero estrellado con listas azules, que desde afiches nos incita a defender una libertad que venden en las bolsas de valores del mundo, motivo por el cual lanzo flechas ideológicas a mi cabeza con el fin de instaurar la idea de que siempre he sido el que nunca fui, pero es imposible sacarse el verdadero olor del nicho que nos dio salida, el auténtico, ése que nos recibió cuando llegamos de lo desconocido y luego nos expulsó a cualquier lugar empegostados de experiencia porque nos desafía con la vergüenza étnica. Aquí inventé mis primeros juegos. Estas callejuelas rugosas, olorosas a pantano reseco y a cayenas estrujadas por el calor esperando la muerte nocturna como renacimiento del amanecer, sirvieron para excursiones infantiles que me ayudaron a descubrir nostalgias, tristezas, desarraigos vinculados a lo que extrañamente hoy me mantiene en una distancia irreparable; olores que buscamos sacar en las duchas de hoteles de lujo y cubrirlos con perfumadas aguas de marca. Rostros éstos antiguos de tanto querer olvidarlos, me parecen nuevos pero sé que tiene algo que decirme, que me conocen y me acompañaron en aquellos años frágiles, ahora vistos desde el parabrisas, cubiertos por un velo de experiencia que no deseo pasar por el tamiz del reconocimiento; pasos ocultos por la distancia que han marcado los años, con símbolos parecidos a los que usaban los inquisidores de la Edad Media, para desahuciar a una familia aquejada por una epidemia o por la falta de renta o por un castigo de Dios. Desaparecieron todos en el gotero que espantaba al insomnio. Allí la nostalgia nunca estuvo en la composición química de la soledad.

II

Encontré a mi padre dormido en un chinchorro que colgaba inmóvil de su sueño inerte. Miré por un buen rato aquel rostro apacible que había retenido idéntico en diez años. Tal vez la fuerza de un presentimiento secreto lo trajo a mis ojos absortos porque la sonrisa le brotó espontánea como un manantial inesperado, mientras se incorporaba moviendo los párpados con sorpresa. Sin ayuda alzó su pecho y me abrazó con un silencio que jamás volveré a sentir en la vida. “Álvaro” –dijo mi nombre con claridad y cariño. Comprendí la primera indagación que salió de su discreción con un murmurar bostezado: “¿Llegaste bien?”. Mi asentimiento le impulsó a mirar en mi mirada esas honduras que todos tenemos resguardadas sólo para los seres muy especiales. Recorrió mi existencia con un poder extraño, atado a algo aún desconocido, oculto en las costumbres y formalidades pasadas que no necesitaban palabras para sentirse. “¿Cómo estás, viejo?” –le pregunté tratando de abrir el corazón. En eso, escuchamos ruidos de autos que estacionaban cerca de la casa. Eran mis hermanas y la familia.

Tan recatada y sutil que fue mi madre y las hijas le salieron tan escandalosas. Desde adolescentes las confundían en el barrio aunque nunca han tenido un gran parecido físico. El punto de comparación siempre ha sido Ninoska; desde niña preocupada por todo el mundo, interesada en cada suceso puesto en su vista como una película que no deja de ver y recordar con curiosidad, interés y preocupación. Su solidaridad es infinita. Tardó en entrar a la casa porque se detuvo para saber de algunos vecinos complacidos con su visita. Contempló a lo lejos el cerro más poblado del barrio durante un instante que se hizo largo por la fila de recuerdos que caminaron de su respiración a su alma en mis suposiciones; suspiró y fue cuando volvió en sí misma para abrazar a quienes la aguardábamos en casa. Me vio como si quisiese buscar en mi rostro al niño que se quedó en sus juegos, al hermano mayor que le aprendió las primeras letras y al que defendía de los espantos del bulling en la escuela. “¿Cuándo llegaste? ¿Dónde te estás quedando?” –fueron las palabras que venían acompañadas de su sonrisa franca, directa, llamativa, con que alumbraba la amistad adonde quiera que llegaba, porque hacía sentir su arribo con una contundencia de signo satisfecho. Era la directora de una escuela de niños que la adoraban como al hada de sus sueños y era la líder de esta familia.

Moderada, de oculto y bello sonreír era Gisela, la mayor de las dos –con un habla constante y sobrio- una contadora de chistes tan exquisita, que luego de echarlos se quedaba muy seria, observando a la concurrencia morirse de la risa, cuestión que causaba aún más gracia. Preparaba los sencillos argumentos como un guión de radio y luego los hilvanaba con un lenguaje precioso, exacto –como si la sensualidad de una corista nos atrapara- y allí, en ese racional parloteo intelectual iba oculto el humor que saltaba en el momento final para despertar la carcajada como premio. Profesora de cuanta cosa inteligente hubiera en el mundo era esa hermana de hermosura deífica. Tuvo en su mocedad una tempestad de pretendientes y admiradores que ahora es una llovizna nunca amainada. La abracé como a la eterna muchacha dulce y a la vez firme, que llenaba mi adolescencia con cuentos de sus sueños traviesos y que me hacía sentir como a ese amigo al que se le tiene la confianza de un valioso cofre de secretos, de cerradura fiel. Había casado con Giorgio, el hijo del italiano Ferri que hacía negocio con restaurantes de pastas y salsas. Éramos amigos desde la adolescencia y llegamos a hacer migas por el interés en las finanzas. A veces nos llamábamos para consultarnos alguna inversión que nunca ha pasado de ser, en mi caso, ilusiones que sólo sirven para nutrir conversaciones pasajeras antes de una reunión de directorio. Giorgio hacía mucho dinero con agencias de viaje y casas de cambio.

Hombre para buena gente este Eulogio, quien encontró en mi hermana Ninoska a ese ciclón que lo lleva de aquí para allá y de allá para acá, cumpliendo con satisfacción su vocación de “todero”. Técnico en todas las artes y artista en todas las técnicas, cuando no era buscado para solucionar cualquier acertijo que planteara una licuadora detenida o un relex patinando o una punta de eje sonando o algún corto circuito en cualquier nido de cables antiguo y baboso a teipe negro echando chispas y humo, entonces él se ofrecía asomándose a los problemas como el profeta de los desperfectos, cubriendo su mandíbula con la mano, bajo la boca arqueada, con el rostro aguzado y pensativo (porque era un experto escuchador del más mínimo ruido de cualquier aparato andando), y el diagnóstico sonaba a cosa solucionada sin siquiera tocar el daño. Era, como uno podría imaginar con facilidad, reparador de trastos de edad antiquísima y por ende, coleccionista de cachivaches cuando no los reparaba. Nunca faltó una abuela que le dijera: “Entonces llévesela si no tiene remedio. Tal vez le sirva para repuesto.” Y se llevaba lo que fuera, a sabiendas de que la mayor parte del aparato se quedaría enterrado en su taller, engrosando un montón de fierros difíciles de distinguir, con los que se podría hacer un monstruo televisivo. Su memoria era una taxonomía completa de repuestos de las diversas técnicas y objetos de utilidad infinita que hubiera sobre la faz de la tierra, los cuales ya tenía colocados en el lugar preciso de las ciudades del país en donde podía comprarlos siempre a bajo costo, muy a pesar de la llamada “crisis”, porque además, era un visitador consecuente (y un descubridor) de esos tugurios grasientos que parecen tan resbaladizos, que uno bien pudiera sospechar la caída y partidura de un hueso para ser enyesado en un hospital. Allí Eulogio regateaba precios a esa especie de doctores Frankenstein, de batas renegridas por llevar tanta grasa y aceites quemados en su historia, que escuchan detenidamente ofertas y demandas con el rostro bajo, como si siempre anduvieran buscando algún tornillo o arandela o tuerca en el piso. El mundo de Eulogio era amado por mi hermana, quien no escatimaba esfuerzo en recomendarlo en cualquier comunidad adonde hubiera un cable sin enganche, una cabilla sin punto de soldadura o el motor o caja de transmisión del automóvil de algún pana que no tuviera mucha plata para solucionar un bote de aceite o una tembladera rara en la carrocería. Gisela, quien también le rendía devoción porque, entre otras cosas, le tenía el carro como pavo viejo, solía decir con ciertas gotitas de sarcasmo: “El único defecto que tiene mi cuñado es ser chavista”.

La política había hecho de Papá un hombre silencioso aunque jamás silenciado. Se acostumbró a hablar lo necesario con precisión y sustancia. Insigne oidor de la gente, discutía con prestancia desde cuando adversó al general Pérez Jiménez, hasta el momento en que se batió contra los adecos como una fiera ofendida que, por causa de la represión política, lo volvió cerrado y sigiloso. Verlo ahora me permite constatar que su vejez lo silencia; tiene el poder de acallarlo porque las nuevas generaciones se apropian de la palabra, la cazan, la atrapan, la interpretan a su manera, hacen uso de sus formas y sentidos y finalmente la utilizan para silenciar a quienes se encuentran en situación de espera. Esperar como esperaba Papá, guarda las palabras, las encapsula, las engatilla en el disparador oxidado de una escopeta postergada que termina haciendo explosiones a destiempo si no se usa. En una familia tan parlanchina como la nuestra, su voz apenas circulaba entre los vaivenes de las primeras discusiones que se ventilaron en la víspera. Las hijas lo adivinaban, los nueros lo intuían, los nietos lo ignoraban, yo lo desconocía. “Seguramente Papá va a querer un vaso de agua. Anda, llévaselo.” –decía cualquiera de las hijas al vuelo de las nietas, con sólo reparar adormilamiento en el rostro pasivo. “Cayetano mira la política de hoy con el ojo de la experiencia”, decía cualquiera de los yernos al otro, como queriendo suponer lo que pensaba. En el fondo sólo parece que le temíamos. Así como el agua que guarda la historia del universo, su silencio guarda la historia de nuestra familia y cualquier irrupción suya podía romper los diques de los distanciamientos y los secretos. Era la primera vez en once años de muerta Mamá, que mis oídos disfrutaban de esta fabulosa algarabía pintada con los colores de la alegría y la bondad, aunque aplastaba el trinar de Papá, más cuando se presentó la discusión de aquel día, con su dialéctica guardada como una hojilla afilada; una visitante incómoda: esperada pero no deseada.

Tamanaco entró al recibidor con la velocidad de sus tres años gritando: “¡Viva Chávez!” con eléctrico chillido, y detrás Anacaona de cuatro respondía: “¡Viva Maduro!” prendiendo un candelero que sólo un soplido de opinión política hubiera alebrestado. “Ay de mis sobrinos adoctrinados” –se quejó Gisela con una pose de irónica conmiseración al mirarlos- “Menos mal que Miguel Ángel no será adoctrinado”. Josefa recogió del piso a Tamanaco como si fuese a hacer una jugada de double play: “Mi niñito nació chavista, Tía. No ha necesitado que nadie lo adoctrine. Nació en la época del Comandante”. Su risa se apagó con los besos que daba al niño en la mejilla. “¿Pero no te parecen muy pequeños para que anden dando vítores a dos políticos?” –preguntó Gisela con la rigidez habitual de su cariño- “Yo preferiría que nombraran a Tío Conejo y a Tío Tigre. A mi edad me enseñaron a Panchito Mandefuá, la Caperucita Roja, Blanca Nieves y los siete enanos”. “¿Tú crees en Jesucristo, Tía?” –interrogó Josefa; “Sí. Creo en Jesús. Fui bautizada por motivación de tu abuela que era católica de tradición aunque tu abuelo siempre ha sido ateo”. “¿Y desde cuándo andas dando vítores a Jesús?”. “Desde que me conozco adoro a Jesús pero es muy distinto, Josefa, porque Jesús era un santo”. “¡No me digas que Jesús no era un político, Tía! Si por esto fue que lo mataron.” –exclamó sorprendida la sobrina con jactancia. “La política es distinta a la religión: -volvió a decir Gisela.” A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, dice la Biblia. Hoy se ha tergiversado mucho el sentido de la religión. Se cree mucho en que cualquiera puede ser un Dios”. Josefa bajó a Tamanaco lentamente al piso, quien echó a correr tras Anacaona que escuchaba la conversación paralizada por la inocencia. “Mira Tía, Chávez nunca ha sido un Dios, siempre fue un ser de carne y hueso. Yo creo que eso le pasó a Jesús porque siempre fue un hombre de carne y hueso que sus enemigos convertieron en santo. Y creo que tú has venerado desde niña al Jesús de carne y hueso, no al santo. ¿Por qué no han de hacerlo nuestros hijos con ese Chávez de carne y hueso que hizo tanto bien a su pueblo?”. Miraba a lo lejos en su espíritu expandido, mi hermana Gisela, cuando dijo como para sí misma: “Jesús siempre fue un santo, aunque fuera de carne y hueso”.

Avocados a preparar la cena de año nuevo, el intercambio escuchado se expandió como un vapor ansiado por todos. “Chávez fue un gran político” dijo Eulogio, como hablando solo, mientras echaba una mirada al equipo de sonido que dormía desde hace un año entre varias poltronas acomodadas en un rincón que alguna vez fue sitio de llamada íntima. “Fue un tipo interesante pero yo creo que cometió muchos errores” -dijo Giorgio saliendo de la cocina con una cerveza en la mano. “Eso de hacerle la guerra a los Estados Unidos fue un error garrafal. Provocar a la mayor potencia del mundo… ”. Mientras extendía el guiso sobre las hojas de hallacas, Manuela lo atajó queriendo detener ese pisa y corre: “¡Qué va Tío! Esa potencia ha querido agredir a nuestro país. Son ellos los enemigos del mundo. Acaso no ves cómo han invadido países buscando armas que no existían, sólo por hacerse del petróleo que es lo único que les interesa”. Ninoska le echó un guiño de ojo a la hija desde la puerta del baño donde pasaba una coleteada cantando "out". “Esa investigación aún no está concluida” –dijo Giorgio buscando apoyo en mí con la mirada. Yo asentí con un leve movimiento de cabeza. “Pero no nos han podido invadir.” –volvió a decir Eulogio, con unos cables de corneta entre dientes, mientras pelaba otro con una cuchilla envuelta en un trapo descolorido. “Eso es Papá” –salió diciendo la que faltaba. “No nos han podido invadir por el trabajo impecable realizado por el equipo de política exterior que hemos tenido. Las respuestas han sido precisas, honestas y dignas. Esos grupos creados para cercarnos y agredirnos han fracasado. Ya ni se habla de ellos. El monigote que autonombraron se agotó en su propia miseria. Sus acompañantes mostraron su verdadera faz. Mientras tanto nuestro gobierno ha hecho lo que ha tenido qué hacer, administrar con eficiencia la resistencia contra esta guerra, buscando favorecer al pueblo”. “Pero este año la gente se la ha visto muy dura… ” –dije buscando apoyar al cuñado pero Jacinta volvió a ripostar: “Es la consecuencia de la guerra y es la resistencia popular a esa guerra que nos quiere aniquilar. Es el esfuerzo que hacemos por ganar una Patria que estuvo cuarenta años perdida. Esto es una guerra contra el pueblo y nos corresponde a todos y a todas resistir para ganarla y dejársela a las generaciones futuras como decía el Comandante. No estamos pidiendo que alguien de afuera nos venga a socorrer; ésa es una idea burguesa que ya fue derrotada: ¿Recuerdan el SOS? ¿Aquella chatarra ideológica que fracasó y que ya no les produce plata? Hemos tenido la fortuna de la solidaridad de los pueblos y eso es un tesoro, pero es a nosotros y nosotras, en esta patria de Bolívar, a quienes nos toca resistir y vencer”.

Una montaña de pelo tornasolado caía sobre sus hombros ensortijándose en las miradas ávidas de saber cómo eran esas enredaderas en la raíz perfumada con aromas acanelados. Las cejas naturales delineadas con el cuidado de un miniaturista se dibujaban llamativas sobre los ojos juveniles de loba en cacería de encuentros de conocimiento en un mundo emanado a través de sus pequeños y carnosos labios de lila carmín, empapado de una sabiduría húmeda a fluido riachuelo de bosque encantado y de una secreta sequedad paleolítica escondida en la vivacidad de un palabreo de pueblo mezclado con pasajes bibliográficos atrapados en la disciplina de un leer expedicionario, de conceptos y sucesos que su inventiva atrapaba e interpretaba con el anzuelo del corazón. ¡Cuántos no habrán querido ganarse el ser siquiera olisqueados por esa naricita con toques de africanidad que expresaba contracciones leves cuando sus argumentos se hacían vehementes y hasta irrefutables! Hasta la Facultad de Filosofía y Letras llegaba la subrayada admiración de su filoso verbo político, ya plasmado en algunas publicaciones estudiantiles, y en el telúrico sentir de sus poemas aglomeraba metáforas en elevadas nubes significantes, aquí y allá del texto en emociones lecturales que experimentaban seguidores de incógnito, cayendo como centellas verbales que provocaban pequeños chubascos de sentidos. Letras tan suyas, tan repujadas en su ébano piel que apenas escapadas a la tinta de algún atemperado editor o improvisado papel dejado a la mala de Dios en una mesa clandestina, eran transformadas en lecturas obligadas de recitales tunantes para exposición de escritores microcósmicos de anisado cerebro y pluma atrevida; sitios de groserías bien dichas apuntaladas por deseos antimperiales, flechados con boleros barbechados a punta de lunas actuadas en despechos irresolutos, vomitados con jarabes de aporía. Entraba y salía decantada y limpia de falsas noches o amaneceres truncos, Jacinta, expeliendo diálogos nocturnales a fuerza de demonios descalabrados, sin infiernos, sin fuegos que lamentar, trasnochados de tanto echar insomnios al cesto de la basura; pensada por sí misma como una luz inocente y feliz, venida de alguna estrella enana, solitaria de esconderse entre las miradas galácticas de astrónomos graduados en desencuentros e ilimitadas búsquedas. A veces su cuerpo delgado de escultura imposible bramaba una postura cultural ante las orejas que la veían de a susurros escuchados como a una hermosura inalcanzable; otras veces su concentración parecía escuchar palpitares caminando senderos abiertos en huellas digitales que anhelaban tocarla. Me había recibido en el aeropuerto. Se esforzó por contratar el automóvil para hacer menos aciaga mi visita en un país al que le era otro. Fue quien hurgó en mi extraviado paradero, me halló en una llamada telefónica que me sacó de una fila de citas donde hasta las navidades estaban comprometidas; encendió una luz inesperada y sacó de la norterización invencible traída en mi visa, algunos de mis pocos pasos inciertos que atesoraba para transitar este año nuevo en el Park Avenue. Había observado mi alelamiento de pasajero en asiento derecho que sólo quería echarse en una cama y descansar de ningún cansancio, hasta que me sacó de aquella nube amorfa: “Te hacía más Tío de lo que eres. Quizás en la madrugada te lleve al hotel o tal vez entrada la mañana. Antes daremos una visita a mi universo”.

III

-Jacinta nació hippie y tú los sabes. Es esa loca de hoy. Yo también fui loca de ayer. Nos comíamos el mundo. Yo estuve con la renovación en la Universidad. No hubo Marcuse que no leyera, ni Simon de Beavoir que no discutiera con las feministas, me trancé con el existencialismo de Sastre y con el subrealismo de Bretón, amé a Neruda, a Eluard, conozco a Rimbaud de principio a fin, me encanté con Oficio Puro del Chino hasta el hartazgo y me endiablé con Baudelaire; pero también leí a Popper que me salvó la vida, porque una andaba como fuera del mundo, y mírame hoy: acomodada, porque al fin una se acomoda, se empata, tiene sus hijos, trabaja, se esfuerza por tener lo que desea y las ideas quedan para los que vengan.
-¿O sea, Tía, que ya no tienes ideas?
-Tú sabes que no quise decir eso, Manuela. Lo que pasa es que las ideas se asientan, maduran, se hacen como más firmes, seguras. Aquellas ideas de la locura de juventud se transforman en otras ideas.
-¿Y las ideas aquellas de juventud, adónde se fueron?
-Mueren, sobrina, mueren.
-¿Sabes? La abuela nos contaba de cuando tú estabas estudiando en la Universidad. Eras el orgullo del abuelo que recién había salido de la cárcel porque veía que expresabas sus ideas cuando participabas en el Comité en favor de los Presos Políticos. Mamá y la abuela mantenían la casa con su trabajo mientras el abuelo escribía en sus cartas de incomunicado tu nombre con admiración. Mamá se fue a la Caro para estudiar la normal y graduarse de maestra. La comunista eras tú.
-Eso es pasado, Manuela.
-Ni tanto Tía –interrumpió Josefa-; la última vez que fuimos a tu casa, acusaste a Mamá de comunista porque apoyaba una política de fortalecer al Poder Popular.
-Tu Mamá no conoce a fondo el problema, por eso se lo discutía; yo sí lo conozco porque lo viví. Yo conozco el monstruo por dentro. El comunismo fracasó en el mundo y lo demuestra la caída del Muro de Berlín. Esa ignominia sujetaba las ideas libres del mundo. Eso del Poder Popular es viejísimo. Cuando yo estaba formándome en esas teorías y filosofías, tu Mamá estaba de maestra en una escuela, enseñando a muchachos a leer y escribir.
-¿O sea que mientras Mamá era maestra no seguía ninguna idea política?-, preguntó Josefa como teniendo ya la respuesta.
-En ese tiempo yo veía a tu Mamá como a una especie de maestra joven, entusiasta, que participaba en sus líos gremiales para que les pagaran o aumentaran el sueldo y nada más. Mientras yo, junto a mis colegas, nos enfrentábamos a las políticas reaccionarias de la derecha en la Universidad; yo participé en muchas reuniones y marchas que organizábamos en solidaridad con… (Con Cuba, reconócelo, -dijo Josefa), en cambio tu Mamá peleaba por el quince y último, a decir verdad.
-Es la dialéctica de la vida –aportó Braulio, el esposo de Manuela, quien tenía la mirada clavada en un grupo de muchachas que bajaban buenamozas, a lo lejos, sometidas por otras miradas que como perolitos de agua, las bañaban de frustración. -Es tal vez la idea del Eterno Retorno de Nietzsche. Los ideales por los que se lucha en un tiempo, cambian por los avatares de la misma realidad que está llena de paradojas que se entrecruzan y luego regresan esas mismas ideas, ahora afectadas por el tiempo, intervenidas por los seres que las viven, por quienes las vivieron y por nuevos actores, convertidas en prácticas que son como figuras de aquellas imágenes, ahora pasadas por un espejo que nos refleja.
-¿No será que ya no se cree en aquellas ideas? –Preguntó Eulogio, metiéndole el ojo a un enchufe que había destornillado en la cocina.
-Siempre he sido firme en mis ideas. –dijo Gisela apenas moviendo los labios- Nada ha cambiado en mí. Lo que hace la vida es ayudarnos a limpiar esas ilusiones que nos asaltan producto de la inexperiencia, de la adolescencia, de la juventud y que luego pasan producto de las experiencias que escogemos para dar solidez al vivir. Yo me supe apartar a tiempo de esas ideas que con el transcurrir lo que hacen es trasnochar los verdaderos ideales. Fíjense en mi vida. Troto por las mañanas. Como muy poca carne. No tomo gaseosas, ni bebidas energizantes, ni veo televisión, ni estoy en las redes para no estresarme; hablo por correo electrónico con gente de mi entera confianza. Yo, sin el comunismo que una vez tuve, siempre fui así. Me quité de encima aquello. Ninoska por el contrario no era comunista, no tenía ese problema, quien transformó a Ninoska en comunista fue Chávez.
-¿Y a ti quién te transformó en anticomunista, Mamá?

Uno no conoce lo que es la lividez; un ser de alma casi transparente brotado del todo con cada una de las partes emocionales en su justa medida, hasta que conoce a Gioconda. Si se quiere saber de una voz capaz de sonar con los mismos decibeles en la punta de la oreja y a una distancia prudencial (nadie se ha atrevido a escucharla a lo lejos porque pudiera sorprenderse) ésa es la de ella: ínfima, prístina (como el tintinar de una copa de vidrio) firme (como la madre) nos lleva y nos trae a través de su jardín, hablándonos con la magia indescriptible del no querer convencer. Asombra cuando el criterio es expuesto de una manera tan lúcida sin ningún punto de vista, ni prejuicio, ni tendencia filosofal. Subyuga cuando lo pensado no es en realidad pensamiento y surge de la inercia de comprender el aquí como un allá sin ningún conflicto maltratador de los espíritus, ni problematización que desagarre la posibilidad de diálogo hacia el conocimiento interno, ni contradicciones que enreden la tenue fibra vibratoria en que se sientan las ideas, sosegadas con beneplácitos encontrados en la sonrisa, en un bajar o subir los ojos con timidez, en el más ciclónico de los abrazos que se manifiestan cuando sólo elevamos la mano al aire para saludar a otras personas. Escribe, aunque sus poemas apenas pueden leerse de tan ahorrativos en palabras. Son más sutiles que un haikú. La comprensión de su metáfora es tan inmediata que se nos escapa al rincón más lejano de nuestro no-ser porque se nos olvida la comprensión como si estuviesen incendiados de futuro; sólo nos queda la sensación de haber perdido un encuentro con lo distante, lo remoto; el sentir que dijo algo en el deber de leer tantas veces, para ver si algún día se atrapa aunque sea algo de su no esencia. Es blanquísima de piel casi azul, como esos unicornios que suelen dibujarse en libros infantiles de lujo. Tensado por poderosas fuerzas subterráneas, caía violeta sobre sus hombros, un haz de luz capilar posible de llevarse las miradas hasta un lugar con piedras en círculo, cantos de hermosa guturalidad, veneración a dioses jamás imaginados. Siempre, una bataola de liencillo blanco le cubría el cuerpo, al que se le sospechaba delgado, como el pie guardado en una sandalia de cuero ornamentado con líneas de motivado indigenismo que daba una impresión de antigüedad a la primera mirada. Había estrechado su manito de casabe recién hecho, apenas sensorial: “Este es el Tío Álvaro –le dijo Jacinta como en secreto- Acaba de llegar del Norte donde vive. No trae regalos. El viaje fue de improviso. Como que viene a escuchar”. Esperé a que hablaran sentadas en posición de loto, en el piso de un lugar decorado con fotografías y afiches de distintas épocas y estilos artísticos variados. Me impresionó algo que salió por la puerta de aquel lugar que supuse era el vago e incierto cansancio que traía del vuelo, de los toma y dame recibidos en el aeropuerto. En más de una hora de conversación de aquellas muchachas que parecían evaluar, contra el tiempo, la eficacia de una dirección empresarial o la efectividad de una fluctuación del dólar o el secreto para dormir sin somníferos, me ofrecieron y tomé algo que ahora llaman: “penca”. Subió por mi cuerpo un vaporón atolondrándose en las miradas que les echaba a todas esas chicas que reían sin restricción alguna, sin sospechar de nadie, con la certeza de que todo lo que había alrededor era vida. De pronto, un muchacho con una guitarra subió a una especie de tarima bajita e interpretó varias canciones de letras sociales y poéticas que alertaban estrellas, cataclismos y amores no alejados de la hermosura; desde una mesa poblada de jóvenes circunspectos, rapados, peludos, barbudos, tatuados, solitarios pese a andar juntos, con cara de políticos, aplaudían al cantor quien me invitó entre punteos salteados de su guitarra a pedir una canción. Sin vergüenzas formales me atreví a preguntar desafiando: ¿Conoces September Morning de Neil Diamond? Infinitamente sorprendido escuché que salieron de la guitarra y la voz de aquel inaudito cantor, esas palabras iniciales que abren paso a la nostalgia de un amor encontrado en cada objeto que aproximó el sentimiento y luego se subjetiva en cualquier humano que apenas toque a la puerta de sus armonías con el oído presto a no preguntar ninguna pendejada racional sino a escuchar los sentidos (monumentalizándose sin la orquestación que tiene la canción original) en el plazo de un tiempo que tiene mucho más de treinta días, quizás la eternidad. Aplaudí agradecido y al voltear, dos muchachas sentadas en posición de loto me miraban con una bienvenida en los labios que me trajo el rostro de Kathleen al borde de una fogata y el frío.

IV

-Nosotros nos vamos de este país. ¿Verdad Bruno? –sentenció Patricia dándole teta a Miguel Ángel.
-Sí. Debemos hacerlo aunque los pasaportes se pusieron muy caros.
-Pero lo vamos a hacer mi amor. Este país está insoportable.
-¿Están desempleados? –preguntó Eulogio, jorungando con el dedo índice el tornillero que sacó de un cajón y tenía regado sobre una mesa improvisada que construyó de tablas arrumadas en el balcón.
-No. –dijo Patricia tajante. Pero ya ese Ministerio nos tiene cansados.
-¿Cansados de qué? ¿Los están explotando? –insistió Eulogio.
-No es eso. Todo es bien, todo es fino, pero dicen que afuera se trabaja mejor. Queremos ver cosas nuevas.
-¡Cuidado! –advirtió Eulogio con un martillo en la mano. En otros países le están sacando los ojos a la gente con disparos. Y en otros lugares les echan aguas servidas con desechos químicos para romper sus manifestaciones y enfermar a la gente. La otra vez vi a una pobre viejita que la empujó un carabinero y la tumbó en el suelo porque estaba tocando cacerolas. Eso no se le hace a una persona de la tercera edad. Yo sentí como si hubiesen empujado a mi vieja. Son unos sinvergüenzas.
-Las mentiras que se han dicho de nuestro gobierno, resulta que son verdad en otros gobiernos de la región. –dijo Braulio- Hay que detenerse a pensar lo que significa gobernar de verdad a favor del pueblo. Hay que definir lo que es poder popular y luego aplicar esas interpretaciones en la práctica. Nuestras dinámicas nos dicen que estamos en el camino correcto porque todas las variables las tenemos controladas. Fíjate la variable alimentación como se cumple en Patricia cuando le da a su bebé leche materna que es el nutriente natural de todo ser humano cuando nace.
-Eso es verdad -dice Patricia.
-Déjenme decirles que a mí no me lo parece. –comentó Gisela deteniendo la licuadora. Como abuela de Miguel Ángel me preocupa que lleva demasiado tiempo con la teta. ¡Dos años! ¡No puede ser! La madre le ha tenido que llevar la teta al maternal. Ya es hora de que la deje. Fíjense que no juega con Tamanaco ni con Anacaona. Eso no es normal. Creo que están malcriando a ese niño. A mí no me hizo ningún daño la leche de fórmula. Mamá me dio de casi todas las marcas de esa leche maternizada, que así se llamaba, y era muy nutritiva. Y a Ninoska y a Álvaro también les dio su leche de marca y no les pasó nada. Aquí estamos. Resulta que ahora está de moda la teta.
-Eso no es ninguna moda, Tía. –salió al ruedo Josefa como retando. Como tampoco es moda el billete que se meten las compañías fabricantes de esas leches llenas de químicos. La teta se la dan las indígenas a sus hijos desde que el mundo es mundo. Las mujeres del campo también lo hacen. Queremos quitarles el negocio a esas compañías que se enriquecen a costa de la salud de nuestros niños. Yo le di teta a Anacaona hasta hace poco y esa muchacha es un avión. En el prescolar la maestra me la pone en todos los actos. Le gusta bailar, cantar, escribir, leer, saltar, brincar. No digan salto porque allí está ella.  No hay nada que esa muchacha no quiera hacer.
-¿No me digas que fue Chávez quien la puso así? –llagó Gisela.
-Fueron sus políticas Tía, que ahora Maduro impulsa con más fuerza. La lactancia materna es política de Estado. –observó Manuela bajando temperatura al diálogo.
-¿Quién iba a creer que Manuela se transformara en chavista? –preguntó Bruno. Yo recuerdo que eras una crítica del gobierno en el 99 cuando la vaguada. Coincidíamos en muchos señalamientos y a la vuelta del tiempo te volviste una furibunda partidaria bolivariana. ¿Cómo fue eso?
-De todos ustedes fui la única que habló con el Comandante. Su palabra, que luego fue acción, me convenció. Fue en un encuentro que me guardaré toda mi vida.

Cierta forma de comprender el periodismo le había abierto los ojos. ¡Claro! Tenía a la madre como maestra (y viceversa) desde el prescolar y ahora acoquinándole la vida con este militar como Presidente, que el pueblo comenzaba a adorar porque hablaba como un padre con los hijos, como un nieto con los abuelos (y viceversa), como un esposo con la esposa, como un novio con la novia, como un nuero con las suegras, como un maestro con los alumnos, como un manager con los peloteros, como un zapatero con las muchachas que habían perdido las tapitas de los tacones de los zapatos altos en alguna alcantarilla, como un oficial con los soldados, como un amigo con sus panas y (lo que era peor para la oligarquía) como un cantante con sus fans. Que si tienes que acercarte para conocerlo, -le decía Ninoska. Que si ese tipo es buena gente. Que si no le pares a que sea militar. Debía pararle porque nació escuchando sus cuentos de cuando acompañaba a la Abuela al San Carlos a visitar al Abuelo y los tipos ahí con sus fusiles amenazantes los hostigaban y los sufrimientos que se oían entre los otros familiares que hacían torturas en los TO. Y Manuela se apartó de todo eso; y no leyó nunca un informe de derechos humanos; y se la pasaba en puros matinés bailando suave con Culture Club o moviéndose con Gilberto Santa Rosa y Tito Rojas y las baladas de Franco De Vita; ni acompañaba a Ninoska en sus líos gremiales con los maestros a quienes nunca les pagaban; hasta que llegó este militar que quiere pagarle la deuda a todo el mundo y darle su tierra a los campesinos y llamar Patria al país y ponerle una estrella más a la bandera (hasta Ninoska le había dicho: “Me huele que algún día vas a ser periodista de Chávez”. “Estás resfriada.” –le respondió).  En el periódico se decía todos los días que no llegaría al año 2001, como en la propaganda televisiva de las camisas donde unos tipos jóvenes decían: “Cae. Cae. Cae”. O la niña rubia cantándole a la mayonesa espesa: “Falta Poco. Falta Poco”. Era la nueva conspiración. Y el Presidente llegando con su verbo directo a la gente más humilde en una pantalla dividida por los medios, tratando de decir su verdad y además cantando (un tanto desafinado). Se precipitaron los acontecimientos, vino el montaje que fue derribado cuarentisiete horas después y el pueblo junto a los militares patriotas lo trajeron del secuestro. Manuela entró a Miraflores con una acreditación de su periódico y lo vio por primera vez de cerca entre la multitud que intentaba protegerlo. Se mantuvo como invisible entre el ir y venir del gentío. Luego el transitar fue escaseando y estuvo en la rueda de prensa. Terminó el evento y escuchó que el Presidente necesitaba descansar y ella pensó en la primicia del día siguiente. Llamó a Borromero, un ex novio de Catia que la trasladaba en su moto cuando se lanzaba a cubrir varias pautas a la vez. Se encontraron a pocos metros del carro Presidencial y el pana la trasladó –no sin algún milagro de José Gregorio- entre los escoltas y la apuradera secreta. “¿Qué urbanización es ésta Borromero?”. “Luego te digo”. “Dime. Esto forma parte de la información”. “Confórmate con llegar que ya es bastante y que Dios te acompañe”. Entró en una habitación a oscuras, de una estructura de dos pisos que no ofrecía señales particulares por la oscuridad de unos árboles semidormidos por una leve brisa y allí se agazapó porque su plan era esperar hasta el día siguiente para conversar con él. “Sólo a mí se me ocurren estas vainas” –pensó, cuando también pensó en cómo hizo Borromero para irse a su casa: “Tranquila –se dijo- Ese es un guerrero”. Se le vino el mundo encima cuando sintió que unos ruidos crecían hacia la habitación en donde se encontraba oculta. Abrieron la puerta y encendieron la luz. Escuchó a un oficial y a un familiar conversar muy brevemente con el Presidente quien habló poco. Las voces y los pasos de dos escoltas se quedaron de guardia. Apagaron la luz y sintió cómo el Presidente encendió un cigarrillo y se sentó en la cama. Hizo una respiración profunda y dijo muy bajito: “Abuela Rosinés”. Manuela sintió que la inmovilidad podría matarla en cualquier momento. Se estaba transformando en una piedra dispuesta a morir sin respirar. Echó todo su cuerpo a lo largo de la cama el Presidente, como si fuera el cansancio mismo y carraspeó dos veces; pudo haber cerrado los ojos en ese momento o mirar el techo o fijar los ojos a uno de los lados. En el lado derecho estaba una cómoda con espejo y en el lado izquierdo estaba una especie de closet cubierto con una cortina tras la que se encontraba Manuela yéndosele los tiempos con los latidos del corazón que quedaban en su respiración. Se concentró en el palpitar que se apagaba. Luego sintió un respiro en reversa porque otro palpitar más fuerte se metió en el suyo aumentando la aceleración del latido. El Presidente se levantó de súbito, encendió la luz y fue hasta el closet para correr la cortina. “¿Pasa algo Presidente?” –preguntó uno de los escoltas. “Sin novedad”, respondió con voz firme el Presidente, mientras le decía “chito” a Manuela colocando el dedo índice sobre los labios. “¿Quién eres tú?”. Preguntó en susurros con los brazos en jarra y el cuerpo inclinado buscando señales en su rostro demudado. “Yo soy Yo, Presidente”. “¿Y se puede saber quién es Yo?” “Pues Yo. Acaso usted no ve que Yo soy Yo. Usted es usted y Yo soy Yo”. “Muy bien. Entonces, dígame señorita Yo, qué hace aquí?”. El Presidente la ayudó a levantarse con el cuidado de un águila en un rosal. Sentados en el borde de la cama, entre las risas inaudibles del Presidente y sus brazos alzados cada tanto sobre la cabeza como sorprendido, el rostro de Manuela pasando el susto, sobrellevando la pena, gozando de la secreta cosquilla de un triunfo quebradizo era observado por aquel hombre que apenas regresaba de la certidumbre de un grave peligro a la incertidumbre de su elevado cargo político. Escuchó la insólita misión que se impuso aquella novel periodista a quien dijo algunos consejos y reveló ciertos deseos para continuar su gobierno. Bajo juramento de no revelar jamás aquel encuentro se despidieron. Un mes después Borromeo debió creer su versión de aquella noche, así como ella creyó la suya.

V

Además de tener la carcajada más sonora de la tierra, el verbo sincero y atinado a las circunstancias que hubiera de enfrentar, la mirada lúcida de atrapar estados de ánimo, talantes, dignidades populares, señoríos, jugarretas o borracheras, lo más hermoso que tenía Elba era una gordura distribuida en su cuerpo alto como un macizo de Guayana. Contrariamente, podía moverse con la agilidad de un luchador sumo, hecho demostrado durante los sucesos de abril, cuando movilizó a aquella comunidad como una gacela de alma para restituir al Presidente. Abrazaba como si una almohada de plumas recién perfumada nos bruñera de cariño. Éramos contemporáneos en edad. Quizás vio alguna vez la imitación de algún tribuno romano al dirigirse a una audiencia; siempre necesitaba de una mesa o pupitre o muro para apoyar el brazo izquierdo, mientras con el derecho palmoteaba las frases y las ideas con una fuerza conmovedora, como golpeándolas con ternura en el aire de las miradas y las interpretaciones. Papá nunca aceptó a otra persona que lo acompañase en este tránsito. Se entendían casi sin hablarse. Elba con sólo mirarlo moverse o sentarse en algún lugar de la casa le decía: “Quédese allí que ya sé lo que quiere”. Mientras Papá sólo le decía “No” si la circunstancia lo ameritaba. Se desplazaban en la casa a contracorriente para no toparse mientras ella se encargaba del resto. Le dejaba la comida que siempre le gustaba en la mesa y él colocaba los platos en el fregador luego de meditar los sabores finales. Eulogio decía que “eran dos comunismos encontrados que dejaron de hablarse desde el 2002: el de Cayetano ortodoxo, estalinista y el de una antigua adeca como Elba: ambos transformados por Chávez”. El disenso fue marcado por aquel crucifijo que mostró el Comandante luego de su liberación. Papá no podía oír hablar del tema sin perder el buen humor, en cambio, Elba le guardaba devoción sacramental al momento. Sólo una cosa los separaba de Chávez: ambos eran caraquistas.

Antes había recordado el día en que se casó con Mamá, casi como si lo hubiese vivido. Los compañeros de su partido se aseguraron de que no hubiera peligro en la Jefatura Civil ya que Papá tenía la Seguridad Nacional husmeando lo que hacía. A Elba le parecía increíble que una católica devota se casara con un comunista ateo; “Eran dos chamos” –decía. Y le pedía con frecuencia que le narrase el momento crucial en que el Jefe Civil les tomara juramento: “El Jefe Civil no dejaba de mirar al rostro de Cayetano como si sospechase de la filiación política. Recuerda que la cacería de brujas llegó aquí antes de Rómulo (disculpa la inevitable alusión). Le dijo al novio con palabras medio enredadas por las zetas: “Cayetano Rivero, ¿aceptas por esposa a María Begoña Castillo?” Luego de un “Sí” firme de Cayetano: el funcionario se volteó hacia mí y me dijo con ojos pelados como si quisiera que dijera “No”: María Begoña Castillo ¿aceptas por esposo a Cayetano Rivero? Yo le dije Sí, devolviéndole la pelada de ojos con seguridad total”. Elba escuchaba el final de la narración y se derramaba en aplausos como si estuviese viviendo aquella historia en su justo momento. Por esto cuando nos soltó aquella noticia inusitada, se auto silenció como, creemos, nunca antes en su vida lo había hecho: “Cayetano tiene una mujer” –nos dijo como si hubiese perdido las elecciones del consejo comunal.

Ya todos sabemos cómo son esos silencios de largos, paralizantes, incómodos; cuesta recuperar la palabra, volver en sí al colectivo, tejer de nuevo un diálogo que ha sido cortado por una tijera bien amolada. Gisela, con severidad democrática dijo: “Que cada quien diga su opinión”. Una lenguarada indescifrable de Tamanaco que terminó en “… Viva Chávez…” hizo saltar las carcajadas de todos. “A este pueblo siempre lo salvan los carajitos cuando uno menos lo piensa” –dijo Eulogio levantándose para buscar aire. Cada quien miró las caras de los demás, como un gesto de reconocimiento de lo que habían escuchado. Luego todos vieron fijamente a Elba como buscando más datos.

-¿No te fumaste una lumpia, Elba? –dijo Josefa con rostro enguantado.
-Jamás Chepita. Sabes que conozco a Don Cayetano desde que nací. Soy como su hija.
-Nos faltan datos para creer esa afirmación. –dijo Ninoska- De lo contrario, propongo que tomemos esto como una alucinación tuya. ¿Por qué no me lo dijiste cuando vine por última vez?
-Tu visita fue a mediados de noviembre y todo esto comenzó el primero de diciembre.
-Sería sorprendente –dijo Bruno mirando el techo. Luego dio un salto hasta asomarse al lugar donde se encontraba Papá- Está como dormido.
-Les cuento. Este primero de diciembre terminé de arreglar el nacimiento para irme a casa porque eran ya las siete de la noche. Al salir del porche y alejarme de la casa, vi cómo una mujer entró en la oscuridad y se iluminó cuando Cayetano le abrió la puerta. La esperaba.
-¿No la habías visto nunca? –preguntó Ninoska.
-Nunca la vi antes. Tiene como veinte.
Esta conjetura provocó un murmullo como de avispas.
-¿Viene todos los días del mundo? –repreguntó Ninoska.
-Todos los días viene hasta ayer. Vigilo sus pasos cuando llega y cuando se va. Se va y llega por el mismo sitio. Entra por la calle Cardonal y por el mismo sitio se va. Allí se extiende una escalera hacia arriba que es larguísima hasta Calle Vieja. Me ha dado pena seguirla. No lo veo bien. Eso sí, llega a las siete y se va a las nueve en punto.
-Eso de decir que el abuelo “tiene una mujer” me suena atrevido. – dice Jacinta mirándonos a todos con desafío- ¿Acaso el abuelo no puede tener una amiga?
-Si es amiga u otra cosa eso se verá, pero tiene una mujer; la acepta en su casa.
-Por dos horas –dice Eulogio.
-Pero la acepta.
-¿Papá debió pedir permiso para esto? –pregunté con rigor.

Todos se desbocaron en un “No” tan unánime que chocó con la cara de desconcierto que puso Elba. Tal fue su estado de ánimo que hasta ese momento la familia no había reparado en el peso que tenía su persona en la vida de Papá. Su rostro de… “Bueno, entonces, qué pito toco yo aquí”, nos dejó a todos una consternación empujada hacia una disculpa.
-Claro –atinó a decir Gisela- por las preocupaciones que pudiera acarrear semejante situación en el temperamento de Elba, creo que por lo menos una avisada por parte de Papá hubiese sido prudente.
-¿Avisar Papá? –saltó Ninoska- ¿A quién? ¿A quiénes? Si acaso a Elba. A Papá lo visito casi siempre una vez a la semana y lo llamo por teléfono interdiario. Aún así me cuesta la comunicación con él. Papá está como aquel personaje de aquella película italiana, donde todos estaban bien hasta que el viejo los fue a visitar.
-¿Tú viste esa película Elba? –preguntó Bruno.
-Por el tema no quiero ni verla.
-Discúlpanos Elba. –quiso reconfortar Manuela- Es que esta situación nos tomó por sorpresa y sólo atinamos a decir lugares comunes. ¿Tú has hablado con esa mujer?
-No, pero la he visto dentro de la casa. La primera vez fue el quince cuando vi que ella entró y yo me devolví al ratico simulando algo que se me había quedado. Vi todo lo que hicieron mientras yo me movía como buscando ese algo. Se portaron como si estuviesen solos. Ustedes saben que cuando se abre una puerta desde afuera, quienes estamos dentro miramos a quien abrió. Pues estos dos se comportaron como si no hubiese entrado nadie. Eso sí, cuando me aproximaba a la puerta escuché que ambos cantaban una canción que decía: "Digan lo que digan yo te quiero, piensen lo que piensen tú me quieres... ". 
-Así de enamorados están. –soltó Patricia con asombro.
-A ver Patricia –preguntó Jacinta- ¿Qué crees tú de todo esto?
-Yo, como buena consumidora de telenovelas mayameras me voy por el prejuicio, por el qué dirán. Me quedo en el pellejo y en la cabeza de la gente de este sitio. Me pregunto qué estarán pensando del señor Cayetano y de la mujer que lo visita. ¿Será una amante? Seguro que sospechan esa vía, jamás piensan en la amistad. Ella tan joven y él un anciano. Es el morbo humano trabajando en la insidia, en alguien que siempre piensa que las cosas no pueden ser diferentes a la envidia, la maldad. Eso me atrae como tema de siempre, por esto me gusta que se repita en cada capítulo, en cada novela, en cada serie, en cada temporada.
-¡Qué asco me doy! Como diría Mafalda. –sentenció Josefa- ¿Y cómo va vestida esta joven? Ya que es más o menos de la generación de ahora es bueno saber cómo viste.
-Sencillo –dijo tajante Elba- casi como una evangélica.
-Ya está –exclamó Ninoska- Papá tiene conversaciones teológicas con esa joven.
-No disfraces la situación con categorías cureras. –apuntó Gisela- Papá está jugando al converso con esa muchacha. ¡Bienvenido al clan!
-¿De comunista ateo a cristiano pentecostal? No lo creo tal. –aportó Eulogio- Pienso que Cayetano está viviendo un renacer. A todos nos toca en algún momento de la vida pasar por un renacer. Un renacer es como si la vida comenzara de nuevo sin haber terminado. Es complicado ¿Verdad que es complicado? Eso pasa cuando uno ha vivido mucho como Cayetano y con la intensidad de un hombre político como él. ¡Qué no ha vivido Cayetano! ¡Cuántas cosas no lleva consigo! ¿Quién se las escucha a estas alturas? Las tiene allí represadas esperando siempre un renacer. Renaciendo. ¿Cuánto tiempo tengo yo que no hablo con Cayetano? Hablar con el corazón, como cuando le dije que me quería empatar con Ninoska, que ella y yo nos queríamos. Bastante. Recuerdo el día que Chávez regresó del secuestro en La Orchila. Amanecimos él y yo mirando al cerro Guaraira desde La Pastora ese catorce, luego de andanzas que sería largo explicar aquí; bajamos a la Plaza Bolívar cuando aún estaba oscuro y con el empuje del sol se fue poniendo claro. Le fueron naciendo manchas anaranjadas y rojas al monte. Cuando vimos a Manuela caminar hacia nosotros no nos sorprendió; era como si la estuviésemos esperando. Ese día parecía que todos nos estábamos esperándo. Hicimos un primer repaso a todo lo que pasó en un santiamén. De pronto, Cayetano se sumió en uno de esos silencios. Manuela y yo dejamos que su emoción nos llevara. Acaso pasarían por su pecho esos cuentos de su vida en el partido que a veces solía referir Bego admirándolo como militante. Algunos logros, alegrías y también algunas amarguras, persecuciones, frustraciones estarían en ese momento revueltas en ese clarear de la ciudad que besaba las tonalidades de su cerro. Aquella claridad que veía Cayetano era su vida: la política. Y ahora consigue este chance de dialogar con alguien que lo escucha y por ahí se va.
-Yo pienso en la memoria de Doña Bego. –suspiró Elba- cuando nos reunió a Ninoska, a Eulogio, a sus hijas y a mí y nos dijo: “Cuiden a Chávez que Cayetano sabe cuidarse solo”. Y miren de qué manera se cuida.
-Tenemos qué verla de frente y preguntarle quién es; porque Papá no dirá nada -dijo Ninoska resignada.
-Tengo la sospecha –dijo Elba- que nadie podrá acercarse. Don Cayetano coloca una barrera que no tienen una idea de cómo es de fuerte. Ya la sentirán.

A las siete de la noche del último día del año llegó la mujer a la casa y (sin tocar) Papá le abrió la puerta. Fueron dos horas de intentos múltiples por franquear a la pareja que hablaba con una alegría que, de no ser por el desasosiego colectivo, nos hubiera contagiado. Ni siquiera Tamanaco y Anacaona con sus travesuras pudieron intervenir pues ya estaban dormidos. Con una sorpresa que nos paralizó, Papá puso a funcionar el equipo de sonido que Eulogio había parapeteado y colocó las canciones para bailarlas con su… amiga. No tuvimos más remedio que bailar también nosotros: “Magia Blanca” con el Trió Venezuela. “El Superbloque con Simón Díaz”. “La Banda Borracha” con el Super Combo Los Tropicales. El “Mosaico N° 7 con La Billo”. Y otras que nos embochincharon el viaje al año nuevo. Tuve que echar un pie con muy poco ritmo.

Justo a las nueve de la noche, sin que nos diéramos cuenta, la amiga de Papá se marchó. La había acompañado al porche y sólo vimos cuando estaba de regreso con una sonrisa parecida al cinismo. Cuando Ninoska y Manuela sirvieron la cena había un silencio caliente como las hallacas. Inconcebiblemente cada quien comió sin las palabras como aderezo. Nos mirábamos de reojo, como preámbulo al concierto de carrasperas que dábamos entre bocados y tragadas. Nunca supe cuándo Papá tomó la costumbre de comer cabizbajo. Así estuvo comiendo los manjares hasta que Gisela rompió el silencio…

-¿Quién era esa muchacha, Papá?

Encontrase con una verdad ante los ojos que depende de alguien que la revele es como romper un espejo sin saber que se tiene la alternativa de limpiarlo. La habíamos visto. Su falda amplia unicolor a las rodillas como evangélica. Sus zapatos negros y bajitos de tacón de dos centímetros. Su blusa de colores discretos a rayas. Ese rostro indefinible que no pudimos reconocer. El pelo negrísimo recogido con una extraña peineta. Ni siquiera el bailado decía mucho ya que se empalmaba a la perfección con el de Papá que jamás ha sabido bailar ningún ritmo. Casi pudiera decirse que aquella mujer bailaba como una monja. La pregunta de… “¿quién es ésa mujer?” vaporosa, aromática a cajón viejo, circulaba en nuestros rostros inquietos. Papá debía sentir nuestras miradas mientras consumía el pernil que siempre dejaba de último. Al finalizar levantó el rostro y nos miró con la más amplia de las sonrisas. Como si la felicidad se diera colita en un carrusel de su corazón.

-¿Quién era esa muchacha, Papá? – preguntó Gisela con sequedad.

Papá cerró sus ojos, levantó el rostro sonriente para mirar el techo por varios segundos, como buscando mucha más felicidad. Nos miró a cada uno dejándonos su particular cariño y se quedó en Gisela para decirle…


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