LOS IMPRESCINDIBLES

Rúkleman Soto Sánchez
Septiembre de 2019

Agosto, ese tiempo de aguas alzadas, cerró en estas montañas con júbilo “guatequero”. El café-bar de mi amigo Alejandro Sequera, celebró el viernes 30 un año de existencia, convertido en referente para quien quiera husmear lo que está pasando en nuestra aldea tequeña cuando hablamos de cultura viva y creadora.

Yo me colé con mis cachorros en esa parranda para consumar, entre panas, la clausura de mi MES ANIVERSARIO 2019, que este año tuvo la particularidad de engrosar mi biblioteca con la potencia de significativos libros recibidos como obsequio. Fueron tantos los regalos y los buenos momentos compartidos que algunos no figuran en la brevedad de esta crónica devenida reseña.

Los dones

Aquellos libros, quienes los dieron y los instantes en que fueron recibidos son dones (más allá de esa insustancial noción de “regalo” de nuestra época). Dones en el sentido que lo plantea Jorge Luis Borges en la Inscripción que abre su libro de poemas LA CIFRA, ahí explica que “todo regalo verdadero es recíproco. El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo”. Dar es dedicar y la dedicatoria es un don.

Al hacer un repaso de lo recibido debo colocar en primer lugar la obra CESAR VALLEJO POESÍA COMPLETA (2018), con la que mi hija Laura cargó desde Arequipa, contraviniendo mis estrictas órdenes de no gastar un centavo extra en aquel territorio donde comprar un libro equivale a dilapidar todo el salario de un mes de trabajo semiesclavizado.

Pero Laura es terca, por fortuna. Gracias a su obsequio escribo algo ahora, partiendo de la edición más reciente de Vallejo para enviarlo a un evento que se realizará en Trujillo (Perú) entre el 29 y el 31 de octubre, denominado “Encuentro Internacional Vida y Obra de César Vallejo: Espergesia 2019, centenario de Los Heraldos Negros”. El momento es oportuno para proponer la ejecución de atentados de “TERRORISMO POÉTICO” en las calles del mundo por los 100 años de Los Heraldos Negros.

De Terramenta…

La tarde del jueves 15 de agosto transcurría bajo un estruendoso aguacero como si la crecida del Orinoco hubiera llegado al cielo. Realizamos una lectura en Terramenta, espacio de Pastora Briceño para la palabra y el té, allá en el IVIC. Fue una concurrida sesión de TALLER DE CEDRO, que es como se llama nuestro taller de poesía, en tributo a un libro de Antonio Trujillo Cruz. Pastora hizo una inmensa torta de Chocolate. Y Adrián Arias, que también cumple años en esta fecha, leyó sus textos imbuido en el vértigo de un intenso ritmo pluvial.

Días atrás el poeta Trujillo me había obsequiado un ejemplar de sus REGIONES VERBALES, una recopilación de testimonios de poetas venezolanos donde “los poemas cuentan sus vidas”. Me dejé llevar por el cauce de esas páginas porque el río es una de las más poderosas constantes en ese libro. El poema POE ORINOCO, de Néstor Rojas, fue leído en la sesión, al igual que un segmento de NAVEGACIONES Y REGRESOS, de Milagros Mata Gil, que yo mantenía en un papel suelto como separador (marcalibros) junto al texto de Néstor Rojas, o sea que la crónica y el poema durmieron juntos y charlaron, muy cerca del río, como Milagros y Néstor.


…Al Guateque

En El Guateque recibiría dos libros más ese apoteósico 15 de agosto. Pero hay otros antecedentes. Desde el viernes 9 hasta el domingo 11, estuve refugiado en casa de Manuel Almeida y Kristel Guirado. Durante esos días descorchamos el más fino añejo y las más extraviadas utopías editoriales, como en los viejos tiempos. Aparecieron revistas, fanzines y libros que Kristel ampara como las monedas de chocolate que Aquiles Nazoa atesora secretamente debajo de la almohada de su niñez.

Jorungué uno de esos tesoros de manera casi obsesiva entre tragos servidos por Manuel, arepas hechas por Sofía y canciones de arrebato seleccionadas por Kristel. Era un ejemplar de EL HONDO PAÍS DE LOS AUSENTES (2007), primer libro salido de la sección aragüeña del Sistema Nacional de Imprentas Regionales de la Editorial El Perro y la Rana. Una antología sellada con vándalo fulgor en el inicio y el final de sus páginas.

Abre el libro el poema MI NIÑO, de Agustina Ramos, dedicado a Jaime Betancourt. Tres textos de Zoraida García, lo cierran. En uno de ellos expresa la poeta nómada: “Silencio / y temor / de rodar / por las nocturnidades”. Jaime, uno de nuestros tres poetas callejeadores (no callejeros) es el consternado tributario de ambos cantos. Entonces Kristel se desprendía de ese ejemplar en mi fiesta de El Guateque, sabiendo que ya me pertenecía por haberle metido mano con toda propiedad a sus páginas desnudas.

Por si fuera poco, Yurimia Boscán se presentó a la juerga guatequera con una antología poética publicada por los 50 años de la UCAB. Ahí cambié la estrategía, hice como Felipe Ezeiza cuando se ve acorralado por un libro desconocido. Lo abrí al azar y fui premiado con un excelente texto de Teresa Cacique, sin título, pero que pudiera llamarse Islandia, sin acomplejarse por el poema de Borges que aparece en LA MONEDA DE HIERRO. Más bien, Constantino Cavafis parece navegar por los versos ateridos de Teresa, como un barco fantasma que fue a dar del Mediterráneo a los mares del Norte.

Aparte de Terramenta y El Guateque y de mis hijos y mis amigos ¡dones extraordinarios de la vida que agradezco! recibí otros libros que son muy buenos, quizás mejores, pero éstos son los imprescindibles.

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