La necrofílica alegría del negro Eucario

Rafael Pompilio Santeliz
Historias de vida

Eucario, siguió desbordando alegría, aún después de la mala nueva, ya con los días contados.

Sin amilanarse continuó su vida de alegría innata. Después de sus operaciones, quedó con tubos y sondas para sus necesidades, pero igual, como si nada, rumbeaba con sus camisas floreadas, las que en vida empezó a regalar a sus amigos queridos, “para seguir andando en sus pieles”, decía.

Avanzaba el tiempo previsto para la despedida, he igual charlaba y tomaba cervezas a fondo blanco. Animoso narraba como nuestros indios subían hacia el Sol, lo más alto posible los restos mortales, para que la naturaleza y las estrellas se encargara del resto. Ah, pero el mundo cristiano nos vigila desde que nacemos, con controles de vida hasta los santos oleos, y no conformes nos tapan en cajas herméticas, nos entierran en profundos huecos rellenos de gruesas losas y concreto para luego clavarnos una cruz por el lado de la cabeza, como recordando, con ese instrumento de torturas, los sufrimientos a fue sometido su mesías. Apología al dolor, gritaba, carcajeándose. Pero yo me escaparé de esa, ya verán, comentaba a risotada limpia.

Llegado el tiempo, ya en agonía, preguntó que dónde estaban unos inexistentes músicos chinos, como buscando hacer reír, y se quedó dormido con una sonrisa de complacencia.

Reunidos los parientes para las exequias, quedaron como en el aire, pues no hubo ley de cierre, ni familiar ni cristiana. De la cama a la camilla, movieron los bomberos el cadáver del donante voluntario que en vida fuera sólo rochela.

Este cuerpo nos pertenece, fue lo que pareció oírse. Lo tomaron y se fueron. Sin lloriqueos, ni rezos ni adioses.

Y se salió con la suya. Así, por fin, pudo entrar a la universidad, para enseñar, como había soñado.


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