Escribe la palabra “Guernica” en Google. Y mira, ahí, la primera respuesta. La principal.


No, no los culpes ni te enredes explicando o investigando cosas sobre el algoritmo. En los años 80 se realizó una encuesta entre estudiantes españoles del último año de educación media. Era una pregunta simple: ¿Qué es lo primero que les viene a la mente cuando leen u oyen la palabra “Guernica”? Una rotunda mayoría. Casi 80 por ciento, respondió que esa palabra les sugería un cuadro, una obra pictórica.

Por José Roberto Duque • @JRobertoDuque / Ilustración Daniel Pérez

A pesar de todo lo anterior, Guernica existe. Aunque un 26 de abril, hace 83 años, el fascismo intentó que ya no existiera más. O que sus habitantes recibieran una lección de tan monstruosa magnitud, que ya no les quedaran ganas de pensarse a sí mismos con afecto o ganas de vivir.
Para ese entonces, Guernica, pueblo ubicado en el País Vasco, tenía unos cinco mil habitantes y era un bastión importante del bando republicano en la Guerra Civil. Esa tarde fueron asesinadas desde el aire, por la aviación alemana e italiana, entre 120 y 300 personas, cifra imprecisa que no fue mayor porque la población había recibido algún entrenamiento, que incluyó la oportuna construcción de refugios antiaéreos.
Más que por la cantidad de muertos y heridos (bombardeos anteriores habían arrojado igual o mayor número de víctimas en otras ciudades: Madrid, Durango, el eje Málaga-Almería) el crimen ha pasado a la historia por varios asuntos que tienen que ver con su perversidad, desplegada con las armas y también en el territorio de los fake news: apenas perpetrado el bombardeo, los Ravell, CNN y Carla Angola de la época (el fascismo en sus trincheras mediáticas) quisieron decirle al mundo que la masacre la habían protagonizado los republicanos. Cuando ya fue evidente que se había tratado de un aplastamiento de civiles a cargo de la aviación de países aliados de Franco (entre otras cosas porque había periodistas de varios países cubriendo la noticia del momento allí mismo, en Bilbao), entonces se retorció la noticia para dejarla así: fue un bombardeo destinado a la destrucción de un puente y una fábrica de armas. La verificación posterior confirmó que ni la fábrica ni el puente habían sido alcanzados por los bombardeos.

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Así eran los experimentos iniciales de Francisco Franco rumbo al sometimiento de la población mediante el terror, cuando todavía el ensayo revolucionario llamado Segunda República gobernaba en España, pero se encontraba bajo ataque. Ya ustedes conocen el esquema: gobierno que no le simpatiza a las hegemonías, gobierno asediado y finalmente bombardeado.
La aviación al servicio de la dominación militar estaba todavía en proceso de radical transformación. Veinte años atrás, cuando estaba en pañales, esa faceta de la industria militar había producido desmanes en la I Guerra Mundial, aunque conservando cierta ética romántica de las confrontaciones: de aquella temprana fase datan los enfrentamientos entre aviadores y aparatos rudimentarios más o menos en igualdad de condiciones; la unidad mínima de aquella caballería del aire constaba de un hombre y un aparato armado con ametralladora, y levantaba vuelo para enfrentar a otros armados idénticamente igual que él. En la Guerra Civil Española los artefactos empleados ya no eran tan rudimentarios ni la filosofía de la destrucción tan romántica: aparte de la ametralladora venían dotados con explosivos de distinto tamaño, y aquellas cargas de varias toneladas de bombas no tenían por objeto destruir otros aviones sino objetivos ubicados en tierra.
Más de tres mil bombas explosivas e incendiarias fueron lanzadas indiscriminadamente sobre la población civil y sobre sus edificios residenciales e íconos históricos. Los transeúntes que se salvaron de esta arremetida, pero quedaron atrapados en las calles, fueron rematados a metralla.
La Europa nazi-fascista se preparaba así para la siguiente gran confrontación del siglo, que habría de estallar poco después. La forma de despedazar inocentes que se hizo común en la II Guerra Mundial tuvo aquí su gimnasio o laboratorio intensivo. Como gesto de gratitud por haber permitido que la maquinaria asesina realizara este entrenamiento antes de la gran conflagración, Hitler le permitió a Franco, una vez instalado éste en el poder, que declarara a España “neutral” para que el dictador no fuera molestado mientras realizaba su labor de exterminio de comunistas.
Franco fue premiado de esta y de otras formas por permitir que una fuerza transnacional bombardease su propio país. Como puede verse, los procedimientos y los estímulos no han cambiado con el tiempo: el fascismo sigue desplegándose por el mundo ayudado por títeres y traidores.

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Fui al museo Reina Sofía hace unos años, armado de mi ignorancia en eso de la pintura universal y también de mucha curiosidad por ver de cerca el Guernica. Picasso, como cualquier otro pintor que no mostrara cosas obvia o cinematográficamente espectaculares (Dalí, Mauro Mejías, El Bosco, algunos pocos mediatizados por los libros sobre artes plásticas), no me entusiasmaba mucho. Soy un observador de obras más bien realistas. Pero era el Guernica y había que ir a verlo.
Llevaba en la cabeza, además de la ignorancia, la versión limpia y luminosa que todos tenemos de esa pintura: un fondo blanco y unas figuras más o menos sólidas o nítidas; eso es lo que se ve en las pantallas de las computadoras y en las reproducciones del cuadro impresas en papel glasé y tal: obra limpiecita. Subí al cuarto piso del museo, me paré frente al cuadro y allí comenzó esa sensación opresiva en la garganta y el candelero en los ojos que todavía me atacan cuando lo recuerdo.
El Guernica no se parece a esa obra nítida y limpia de las reproducciones, no tenía por qué parecerse. El cuadro es un despliegue de brochazos lanzados con toda la rabia y el dolor (Picasso lo comenzó a pintar un mes después del bombardeo) encima de una vil tabla de madera rústica, que bien pudo haber sido la puerta de una iglesia o un mesón de trabajar la carpintería.
Personalmente, el arte burgués me sabe a mierda. Pero sucede que “obra” y “obrero” provienen de la misma raíz: la pintura más grandiosa del siglo XX es un reguero de rayas y manchas echadas sobre esa verga sepia o marrón escoñetamiento. Tal como un bombardeo indiscriminado, la hizo así un tipo que ya después de ese asesinato no era artista sino trabajador, ciudadano herido y además comunista: un carajo listo para retratar una masacre, no una linda estampa para catadores o pretendidos catadores de arte.

Fuente: ÉPALE 369

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