Nacer en el Orinoco

Rúkleman Soto Sánchez

Y las criaturas por nacer despiertan en el breve delirio.
Y bajo el aire el río lame la ciudad.
Y nace el canto.

Luz Machado

Cumple-mes, cumple-vida o vuelta solar, como le dicen ahora al cumpleaños, no significan lo mismo que MES ANIVERSARIO, no sé qué significan, en realidad. MES ANIVERSARIO, tiene grado de categoría afectiva, es un constructo vivencial, no responde a un ánimo creativo, no intenta renombrar, no nace de un afán de originalidad, sino que es entramado de correspondencias, alegato fluvial, pulsión de río, proceso más que voluntad, torrente que canta, o como escribiera el poeta tan tempranamente ausente, Alarico Gómez: “Balada de piedra y agua” que fluye y permanece.

Porque yo no elegí retorcerle el vientre desde adentro a Petra Emilia Sánchez Valladares, la víspera del 15 de agosto de 1961 en Soledad, pequeño puerto fluvial ubicado en el lado Norte del gran río, frente a Santo Tomé de la Guayana de la Angostura del Orinoco, o sea Ciudad Bolívar.

LOS RECUERDOS

Es que el tiempo y el río son lo mismo y van dando como ganas de nacer. Contaba mi mamá que esa noche llovía torrencialmente [y como adornando el fogón estaba toda la gente] no había puente entonces, vinieron a ponerlo en funcionamiento en enero de 1967, o sea que ese armatoste de acero y concreto construido con fines extractivos, viene siendo menor que yo.

En la noche, como si fueran a parrandear a la Feria de la Sapoara, cruzaron a bordo de una chalana el río encrespado que por esos días de mediados de agosto llega a su máximo nivel. Cuando pasaban la Piedra del medio, bajo la que vive una especie de Hidra o anaconda de siete cabezas, o una mantícora fluvial, o un monstruoso kraken guayanés, a mi mamá le dio un dolor insoportable en el bajo vientre y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que no se le saliera el muchacho ahí mismo.

[Dijo un viejo de repente]: ¿Pero bueno mamá, por qué me echaste esa tronco de vaina? Yo tenía que haber nacido allí junto a la Piedra del medio. Yo quería, el río quería, la lluvia quería. Y no hubiera tenido que dedicarme a más nada en la vida sino ser el carajo que nació en el medio del río y tal vez hasta cuentero sería hoy, echado así en un chinchorro en el mercado de La Carioca. Diciéndole embustes a los turistas, como el caimán pero no Sanare, sino del Orinoco. Debo acotar en este punto que mi compadre Pompilio Santelíz en un destello desusado de lucidez mística, un día también de agosto que recorríamos la serranía de Buena Vista, allá en Lara, me liberó de aquella dolencia cósmica con ésta sentencia salvadora: «No compadre, mejor así que su mamá aguantó y fue a parirlo en Ciudad Bolívar, porque si no usted hubiera sido un monstruo».

Lo cierto es que cada agosto me llevaban a Guayana, eso pasó a lo largo de una infancia ya indultada de toda monstruosidad. Por eso en mis recuerdos el Orinoco siempre está crecido en su persistente intento de arropar por completo la Piedra del Medio, prodigio que logró hace unos 120 años. Curiosamente hace 120 años, en 1898, Julio Verne publicaba su novela El soberbio Orinoco. Pero la Piedra del Medio que está abrazada al Imataca con firmeza telúrica no se deja engullir así de fácil, porque cuando eso ocurra todo quedará hundido bajo las aguas de Amaliwaka. Con esa y otras leyendas crecí y aprendí a tener una cierta idea del fin, mirando la Piedra del Medio desde el malecón, como una bella y destructora añoranza de un futuro de aguas desbordadas y mundos sumergidos.

Fue en una de aquellas vacaciones escolares que me regresaron como siempre a ese Sur donde todo era colosal, fulgurante y abierto, a diferencia de esta amada montaña tequeña (no tequense) que es dulce penumbra, guamos, cafetales y silencio de mi niñez. Solo que al final de esas vacaciones no regresé a este lado de la neblina desde las inmensidades solares, al menos no durante un año. Fui dejado allí, en medio de la exuberancia, en el mero centro de aquellos resplandores, al cuidado de mi legendario tío Benigno García, uno de los últimos especímenes de macho vernáculo que parió el universo.

Ante mi evidente sorpresa y aprensión, mi tío, que me llamaba compadre, prometió celebrarme el cumpleaños todo el mes. Y cumplió a cabalidad. Ni un solo día faltó un detalle de su parte. Llegado el momento cúspide un 15 de agosto del año 72, Don Benigno García hizo que mi primo Orlando y yo nos levantáramos muy temprano para salir a recorrer con él todo Puerto Ordaz, San Félix y parte de Upata en busca de lo que él consideraba debía ser la patilla más grande de la región. Lograda su finalidad regresamos a la casa ubicada en el del Campo A-2 de la Ferrominera Orinoco, que había sido la antigua Orinoco Minning Company.

En la tarde durante una pequeña ceremonia familiar estaban presentes mi tía Mercedes y mis primos Orlando, Alexander y Andy  (Jane, la janucha, no había nacido, estaba aún en el porvenir, ella era el signo palpitante de la espera agustiniana).  Nos reunió aquel tío preclaro en torno a la mesa del comedor, puso la gran patilla en medio del mantel de hule estampado con motivos florales que recordaban a las encendidas acacias que adornaban las avenidas de Ciudad Guayana. Me dio un largo cuchillo para que abriera aquella fruta prodigiosa de extremo a extremo, porque «los verdaderos hombres no andan con picadera de tortas en su cumpleaños» sentenció, aunque al rato aparecieron algunas chucherías. El resto del mes seguí recibiendo, cada día, un presente, un regalo, un gesto, una muestra con la que el noble Benigno García me recordaba que no estaba sólo en aquellas planicies donde el tremedal de la selva es arrastrado por el Orinoco hasta hacerse organismo de arcilla que se desliza cuerpo a cuerpo con las transparencias minerales del Caroní.

Entonces agosto viene siendo como un delirio selvático, fluvial, de aguacero recio, de noches en las que uno parece soñar en una chalana o despertar en arenales perdidos. Es rajar por primera vez una patilla que muestra con descaro su roja, suave y jugosa carne a los sentidos. Es eso y es más, todo reunido en esa categoría afectiva, sensorial, sentipensante, fantasiosa y memoriosa de mi MES ANIVERSARIO. 

Por eso celebro cada día del mes con amores tan cercanos que uno puede bañarse con ellos en añejo ponsigué o tan lejanos que a uno le llega su murmullo, como ese susurro deltano al que le dicen pororoca. No importa donde me encuentre, mis oídos son alcanzados en agosto por el rumoroso macareo de la corriente mítica del Orinoco logrando su destino oceánico. 

LA INTUICIÓN

¿Cómo no va a ser mítico un río donde los delfines son toninas de rosadas tetas que cantan como sirenas y surcan las aguas como ninfas encantadas para que los hombres se lancen a sus aguas? ¿Cómo no va a ser mítico ese río donde hay bosques sumergidos y galerías laberínticas que se internan bajo la ciudad hasta la cueva de la catedral donde el vestiglo de las profundidades acecha? ¿Un río cuyo primer descubridor fue Kashishi, la hormiga divina de los cielos? ¿Un río que fue trazado por Wanadi abriendo en las rocas un surco con sus dedos y separando las piernas de la selva virgen para que los yekuanas bebieran y no murieran de sed en sus entrañas? ¿Un río cuyo proyecto original, de acuerdo con los cálculos ingenieriles de Amaliwaka, era que fluyera en ambos sentidos haciendo que las corrientes del pasado y el futuro se tocaran en la húmeda caricia del presente? ¿Un río al que los waraos “hombres de las embarcaciones”, que antes de caminar ya saben navegar, bautizaron como Orinoco, que es “lugar para remar”? ¿Un río con un “orinocómetro” hecho de piedra, donde vive una serpiente milenaria de siete cabezas en una fosa de 150 metros que se tragaría completica una torre del puente Angostura y todavía quedarían más de 30 metros de profundidad por ocupar? ¿Un río que dejó loco a “Cristo-Balcolón” -como le decíamos en la temprana edad escolar al almirante ese- cuando asomó de lejitos sus narices en las desembocaduras deltaicas el 1° de agosto de 1498, y el río le dejó ver la devoradora monstruosidad del infinito en la Boca del Dragón? 

¿Cómo no va a ser mítico, si el Orinoco es el tiempo de Los pasos perdidos, más allá de toda medición (la Piedra del medio) y de todo movimiento (sus aguas desbordantes)? Tiempo en estado líquido, barroco y fluvial. “Tiempo materializado”, como escribió Carpentier sobre nuestro río, acordándose de Agustín de Hipona: «tiempo pasado (el tiempo del recuerdo), tiempo presente (tiempo de la intuición) y tiempo futuro (tiempo de la espera)». Turbia navegación en arenas de olvido que transcurre como una paradoja desde su temporalidad hacia la eternidad blanquista de los universos.

Necesitamos poesía para celebrar más que explicar tal infinitud, eso lo entendió Louis Auguste Blanqui, padre de la Comuna de París, que vivió encerrado en una celda casi toda su insurrecta existencia, pero alcanzó la videncia poética en La eternidad a través de los astros. A partir de esas aguas vertidas al Atlántico por el Orinoco, soy “una memoria que se inventa” como escribe Octavio Paz. Es decir que emerjo de la contingencia, del inventario circunstancial del mundo y derivo en cabal invención parado sobre un peñón antediluviano, mito de pedernal levantado más allá de todos los mundos pasados y venideros.

Entonces salen los aguafiestas a aplicarle a uno aquello de que siempre hay “una verdad histórica detrás del mito”. Sí, pero hay que resistirse al lugar común a toda costa respondiendo que el mito camina más lejos que la historia. Porque, además, como anota en alguna parte Margarite Yourcenar, los historiadores lo que hacen es reordenar una dócil materia muerta, y este río lo que está es vivito y coleando. Que lo diga la crecida de aguas desbocadas que el 15 de agosto de 2018 estaba a un centímetro del record histórico de 1976, cuando llegó a 18,05 m.s.n.m. Y para el viernes 24 alcanzaba el record de 18,30 m.s.n.m. Lo que no tiene nada de mítico es el estruendoso desarreglo ambiental de la Amazonía, la tala indiscriminada, el avaro extractivismo de la modernidad enloquecida y condenada a perecer.

LA ESPERA

Entonces ¿quién dijo que el tiempo no es el río, si Cronos y el Orinoco son uno y el mismo titán? Y cuando el copero de los tepuyes le dé chicha del Árbol de la vida al gran padre saturnal, volverá Amaliwaka creador del Río infinito, del Cielo y de la Tierra y celebraremos mi MES ANIVERSARIO.

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