Hasta aquí llegan las llamas de su llano


Por: Tomás Martínez Sancho

"Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas, Con las metáforas no se juega" Ese es el cínico Tomás de una novela a la que le tengo bronca. Pero Tomás Martínez Sancho sí conoce los pelígros de la metáfora, porque no se distrae en levedades parmenídeas. Lo demuestra en este breve ensayo donde regresa a Rulfo con el cable a tierra. Cosas del eterno retorno que parecen fastidiar a Milan Kundera. Hay veces en que uno se siente más relector que lector. Esas veces se hacen cada vez más frecuentes porque hay libros a los que uno vuelve con su mala conducta heraclitana, para comprobar una y mil veces que el rollo no es la levedad pequeñoburguesa sino la insoportable pesadumbre del NO SER que Franz Fanon puso al desnudo.
Rúkleman Soto

Releo El llano en llamas, de Juan Rulfo. Me cautiva la potencia con que su imagen llega al presente: el carácter de una literatura, tan particularmente mexicana y tan concretamente situada en el inmenso espacio del llano y el tiempo de las primeras décadas del siglo XX, universalizada en su humanidad, para ser evocada desde la realidad actual de pandemia con inusitada fuerza. Veo mi barrio, el mundo, en tiempo de pandemia, como un llano inmenso, también en llamas.

Unos hombres caminando varias jornadas, bajo un sol canicular, día y noche sin descanso que, en el exceso de vigilia, indistinguen las horas, sueño y realidad. ¿No es un tanto así la pandemia: increíbles historias entretejidas con nuestras cotidianidades?

Luvina es un Cerro y es el caserío a su sombra. Rulfo le dedica un relato. Un hombre cuenta, en una taberna, su memoria de Luvina. Su llegada con su mujer y sus niños, y su estancia allí por quince años. Parece hablar con un recién llegado que hacia allá dirige sus pasos, mientras saborea algunas cervezas calientes. Finalmente, cae rendido sobre la mesa. Realidad y fantasía se entremezclan a lo largo del relato. Luvina se describe como un pueblo sin gentes, casi fantasmal. Van apareciendo algunas mujeres, de negro, aguadoras nocturnas; van mencionándose ancianos y niños, como únicos referentes de vida; va desdibujándose el tiempo, en días repetidos, sin afanes. El viento emerge como acompañante; su ruido equivale al puro silencio. Tras lo vivido en Luvina, el protagonista y relator ha quedado anclado a un sopor aletargado y antiguo, de madera rezumante corroída por el comején. Tabernero y oyente se esfuman en el trayecto narrativo, casi onírico, en un silente estando-sin-estar.

Pobres arrojados a su destino, en medio de calamidades, perdida toda esperanza: realidad actual. Como esa muchacha de otro de los relatos de Rulfo, para quien el padre reservaba la vaquita que el torrencial aguacero se llevó. Con el animal patas arriba en medio de la corriente, ven irse (el padre, la muchacha y su hermano) las posibilidades de una vida diferente a la de sus hermanas, lanzadas al mundo. Así se sienten quienes quedaron sin empleo en medio de la pandemia, y malviven sin ingresos fijos, y arriesgan en el día a día su salud, su futuro y el de su familia, sin mayores alternativas, especialmente en países donde el sentido social del Estado desapareció hace tiempo.

En otros relatos más, se muestran las fuerzas de guerra encontradas, cristeros y gobiernistas, con persecuciones y ahorcamientos finales, o figuras huidizas que logran salir con vida del modo más inesperado. En lo inmediato, evocan la invasión de los mercenarios a Venezuela, y su escapada por nuestros parques intrincados, para luego ser atrapados. Y más allá de la similitud literal, el simbolismo de las armas en pugna, los imperios pretendiendo imponerse en la lucha global, los juegos subterráneos, las confrontaciones a distintos planos, más allá del militar, y que en la pandemia cobran relieve: lo tecnológico, lo científico, lo mediático, lo financiero…

“Diles que no me maten” es un relato sobresaliente. El título corresponde a la frase que un padre dice al hijo. Es otro hijo el que ha llegado de lejos a vengar la muerte del padre ocurrida hace muchos años, a causa de unos animales que traspasaron la cerca para alimentarse. Relato de venganza, al igual que el que lleva por título “El Hombre”. En la película “Valor de ley”, dirigida por los hermanos Coen, puede seguirse el argumento de la venganza, que es justicia vindicativa, y que se establece a partir de una cita del texto judeo-cristiano, Proverbios 28,1: “Huye el impío sin que nadie lo persiga”. Y unas palabras sobre la justicia en esta tierra, que siempre llega. “En este mundo se paga todo antes o después. Nada es gratis, salvo la gracia de Dios”. Sin embargo, parece que ni eso es gratis, pues fue el mismísimo D. Bonhoefer, protestante alemán víctima del nazismo, quien se refirió a la gracia barata –malentendido sobre la gratuidad de Dios- y la gracia cara, que exige compromiso personal. En fin, solo un paréntesis en este discurrir de venganzas.

Y ya, puestos a tocar el tema religioso, de vuelta a los relatos de Rulfo, menciono uno en el que se presenta la “canonización” que un grupo de beatas pretenden, de cierto santón desaparecido, cuya vida se revela como gran falsedad cuando acuden al compañero y testigo cercano de sus andanzas, y les enrostra lo que en realidad ellas ya conocen. Inmediatamente se evocan los juegos actuales de intereses, de grupos religiosos y filantrópicos que promueven acciones con perfiles políticos claramente identificables. Algunos impulsaron, por ejemplo, la emigración de venezolanos y la financiaron, y ahora no mueven un dedo para apoyarles en su retorno, cuando la situación de pandemia los lleva a la desesperación e incluso a la muerte. Ni que hablar de la puesta en escena, con biblia en el centro, durante la proclamación de presidenta en Bolivia; o las más recientes amenazas de sanciones realizadas por Trump contra China, aludiendo razones religiosas.

De los relatos de Rulfo y la pandemia, salto a otra perspectiva. La mirada, que voy haciendo mía, parte de mí, dirigida hacia la Memoria Histórica de Mendavia, mi pueblo natal, en los años de la Segunda República y la posterior represión falangista y franquista, no está lejos de estas historias de raptos de mujeres; venganzas o desapariciones, como la realizada contra el santón Anacleto; familias divididas, como la de los dos Euremios, padre e hijo, uno en cada bando; exposición pública de cadáveres, para generar terror; tabernas de la narrativa y la memoria… Son tan reales estas historias, que el género cuento se ve importunado por el de crónica o relato oral tradicional. La memoria sostenida en el tiempo por mis paisanos, no se aleja demasiado de estos relatos de Rulfo, ni siquiera en la forma. Los acercan, incluso, detalles como el uso de nombres de las personas de la época: Urbano, Anacleto, Melitón, Matilde, Lucio, Magdalena, Ignacio, Margarita, Justo, Justino, Urquidi (Urquizo); el uso del artículo femenino, para las mujeres y el uso de apodos (la Berenjena, la Arremangada…); y hasta el modo popular de contar las historias en los corrillos: Acuérdate…, Ya lo verá usted…, Me acuerdo muy bien… con el que se hace partícipe de la memoria antigua al oyente; el detalle vivo, la estampa descrita con minuciosidad; el instante preciso, a veces buscado en medio de un tiempo que pretende evadirse sin conseguirlo: fue el 21 de septiembre, poco después del temblor.

Es similar al modo de contar que tiene mi vecino, exguerrillero de la década del 70, en Venezuela. Sus relatos de selva, de acciones justicieras, de persecuciones, con la memoria de los detalles y los nombres o apodos, con el anecdotario concentrado en rostros e instantes, en la estampa fotográfica de lo vivido con intensidad. Las memorias populares están interconectadas.

Comedia para la posteridad, consideró Dante la vida sobre la tierra, con posible final feliz. En reciente relectura psicótico-grotesca, von Trier (La casa de Jack, 2018) le asigna otro final al humano con su mal a cuestas: llamas eternas. Fuego y azufre apocalítico donde acaba el simbólico dragón maligno del “libro sagrado”.

Llano en llamas, memorias del infierno, de las tragedias sociales sin resolver. Y, sin embargo, narrar, apalabrar el mal, parece tener un componente catársico. Apostó por ello como terapia Viktor Frankl, con su logoterapia. Y así creo sucede con las memorias orales del sufrimiento de nuestros pueblos. También es cierto que puede resultar en desviación insana masoquista, el narrar sin objeto, la palabra sin pies, sin manos, sin corazón.

¿Será posible una avanzadilla por la realidad, acompañados por la sabiduría de algún Virgilio, que nos permita elevarnos –desde la realidad nombrada del mal- a círculos superiores de humanidad? Se solicitan Beatrices y Bernardos que nos echen una mano.

Nota: rescatado del FaceBook.

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